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sábado, 1 de febrero de 2025

Los "argumentaristas"

 Mi columna de Opinión ayer viernes en DIARIO JAÉN va por ese territorio falsario y manipulador de los argumentarios con que los políticos, los partidos y toda su cohorte, tratan de hacernos comulgar con ruedas de molino.


Los “argumentaristas”
La de “argumentarista” es una profesión al alza, sin duda. Cada partido necesita mantener su “relato” por encima del resto y, sobre todo, por encima de la verdad, excluyéndola si menester fuese. Para ello es imprescindible un “rebaño” de argumentaristas, entendido como sinónimo de grupo encauzado en una sola dirección de opinión y manipulación.
Si lo pensamos, es un oficio difícil para el que se necesita disponer de conciencia laxa, ideas fluctuantes, ideología prístina y, especialmente, cara dura. Sí, se necesita carecer del más esencial de los escrúpulos, del filtro de la sensatez, de una ética más o menos estricta, del pudor ante lo inaceptable, de la moralidad en su más amplio espectro o, sencillamente, tener las neuronas lo suficientemente “dirigidas”, incluso las pituitarias, como para poder afirmar lo que afirman sin que un ligero tinte “colorao” se abra paso en sus mejillas.
Los argumentaristas son aquellos que ofrecen, previa solicitud del líder, cabecilla, asesor en jefe o superior jerárquico, a todos -y todas- los que han de dar la cara en los medios o ante audiencias de distinto calibre, un catálogo de afirmaciones tendentes a enderezar el rumbo, aclimatar vendavales, evitar que el tanto se lo apunte el contrario o, en el mejor de los casos, distribuir ruedas de molino en sus muchas variedades para que puedan comulgar con ellas aquellos a quienes se las dedican, es decir, nosotros, el “pueblo”.
Y para ello no se privan de nada. Ni los argumentaristas ni quienes difunden sus argumentarios. Es un círculo vicioso, un ciclo sin fin, una rueda como la de los pobrecillos roedores que giran y giran en su jaula. Sería interesante poder observar la cara de intenso placer del argumentarista cuando ve, escucha, intuye o se percata de que sus palabras están siendo pronunciadas, en cascada, por una ministra de cualquier ramo, un asesor de renombre, un periodista dado a extender mano y bolsillo, una directora general, un editorialista del oficialismo o, -ya palabras mayores- el presidente del gobierno o una de las autoridades “premium” como las que presiden las cámaras o los parlamentos de las autonomías de la piel de toro.
El gozo de estas personas ha de ser inmenso cuando, con apenas horas de diferencia, los prebostes indican que tal o cual ley es inconstitucional para colocarla bajo el manto constitucional sin mayor problema al darse la vuelta y afirmándolo con el aplomo que el argumentarista ha diseñado en su diabólico plan. Y no solo dando vueltas a la constitucionalidad. En ocasiones se afirma que nunca, jamás, se hará tal cosa, pero, argumentario en mano, se descubre que sí, que se podía hacer, que se hace y que todo aquel que se refiera a la primera opción está equivocado, es un fascista de tomo y lomo o difunde barro, lodo y esos mil otros sinónimos de bulo a que tan aficionados son la mano del argumentarista y la boca del político de turno. Un día le niegas a alguien un concierto económico y al día siguiente se lo concedes a otro. Sin rubor ni vergüenza gracias al argumentario que te pasan bajo la mesa.
Lo que te parece delito una mañana resulta ser un modelo de comportamiento a la hora de comer. Las corruptelas que la justicia te descubre solo te sirven para atacar al juez y no para enderezar la senda. Si una ley no te gusta, la cambias y nos cuelas, de nuevo, las sabias, justas, melosas y “vomitivas” afirmaciones del argumentario confiando o asegurando plenamente que quienes las recibimos somos portadores de altos grados de irracionalidad y que las daremos por buenas si, claro, coinciden con la ideología que las promueve. Ah, he ahí el quid de la cuestión: el océano ideológico compone las aguas en las que navegan los argumentarios y, por tanto, la vida diaria del político anclado antes a su poltrona que a la existencia del ciudadano que le pide soluciones a sus problemas cotidianos. La realidad va por un lado y las afirmaciones del político con su argumentario bajo el brazo, por otro.

martes, 13 de enero de 2015

Política de ascensor.


 
Hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad, cantaba un don Hilarión cachazudo y verbenero entre chulapas zarzueleras. Y va a ser verdad, hoy aun más. Pero no hablamos de ciencia, descubrimientos o avances médicos. No. Los adelantos también nos inundan desde otros aspectos socio-político-culturales. Reconozco que mi brújula política antaño se movía atraída por los polos derecho e izquierdo del espectro. Lo del centro ya se sabe que era una invención de los diestros para no parecerlo y asemejarse a los siniestros y un lugar al que tanto unos como otros aspiraban a ocupar aun a riesgo de pincharse con el soporte de la aguja.

Pues bien, don Hilarión volvería aterrado a su libreto si observara que ahora las saetillas políticas ya no miran a los lados. Dicen los de uno de esos grupos recién nacidos que nos inundan con cantos de sirena que los polos están ahora arriba y abajo. Sí, como en una serie de esas trascendentes de la BBC.

Siglos de proletariado, de lucha de clases, de ideologías marcadas quedan sepultados entre las nuevas nomenclaturas. Aquella orgullosa izquierda que sacaba la cabeza –tiznada muchas veces por el carbón o curtida de sol a sol- ya no tiene el espejo pulido y enmarcado de la derecha poderosa en que mirarse. O al que tirar un desesperado guijarro que alertase conciencias.

También las ideologías hacen las maletas. De la derecha se mudan al “Principal”  y de la izquierda bajan a los sótanos. ¿Ustedes son de izquierdas o de derechas?, preguntó el locutor. Y el político le contestó: Podemos afirmar que somos “de abajo”.

Y el espectador imaginó al cuerpo de casa de Dowton Abbey en su catacumba escuchando la campanilla anunciadora del té de Milady.

Qué ganas de jugar con el lenguaje para aturullar lo más posible al personal. Hubo tiempos en que, para despistar,  también existían el centro-derecha y el centro izquierda. Pero, ¿cómo los llamaremos ahora?

Habrá que colocar, sin duda,  a los políticos por plantas: Sótano 5, izquierda radical. Piso treinta y nueve con vistas al Mediterráneo… gentes de sobre y rasga. Y así con todas las graduaciones que nos permiten los botones del ascensor. Política por pisos. ¿Verdad, don Hilarión?

Honorables desafueros


 
Decía Mary Poppins una frase legendaria que lo arreglaba todo: “Supercalifragilisticoespialidoso”. Hoy, a la vista de nuestro presente político, quizá habría que cambiarla por “Pujobarcecotimatafabra”. Si uno pronuncia tres veces esa palabra mágica frente a un espejo, aparte de ver desfilar en gloriosas fotografías oficiales las caras de Pujol, Bárcenas, Cotino, Mata, Fabra y un largo etcétera de prohombres entregados ¿al servicio de la comunidad?, es posible que por arte de birlibirloque sus cuentas bancarias aparezcan domiciliadas en algún exótico paraíso fiscal, por ejemplo, mientras bastantes ceros las engrosan hasta lo indecente.

Otra frase de ascendencia bíblica también podría servirnos para desenvolvernos en el fangoso horizonte en el que se recortan las figuras de nuestros ¿servidores? Públicos: Poco antes de que Sodoma y Gomorra sucumban ante el fuego purificador, oímos ¿Y si encuentro a un solo justo, Señor? Sustituyamos “justo” por “honrado” y alcemos la voz. Políticos honrados, de los que se dejan la piel en actitud de entrega y servicio debe haberlos, sin duda, pero nuestra tozuda mente se empeña en dudarlo a la vista de lo que vomitan noticiarios de imagen y papel día tras día.

Cuando aquellos que ostentan el adjetivo “honorable” caen en el desafuero, ¿qué nos queda? ¿Qué alma de comisión rapiñadora atesoran? ¿Con qué cara se nos han presentado en Parlamentos, mítines o elecciones? ¿Qué milongas nos han contado? ¿Qué les movía en su carrera política?

Son preguntas que duelen con solo plantearlas. ¿En quién podemos confiar? No todo el variopinto catálogo de políticos es de esta ralea pero necesitamos una señal que nos haga ver la luz, saber que hay alguien que luchará por nosotros y no por sus bolsillos. Quiero, queremos, creerlo. Alguien de vida y bagaje transparente en quien depositar nuestras ilusiones y nuestro voto. Alguien que no solo nos diga lo que queremos oír. Alguien con vocación de lucha por los ciudadanos de a pie. Alguien que sea honorable sin mayúscula.

Ojalá esas nuevas caras que se asoman estos días al panorama político sean capaces de regenerar el sistema. Todos lo necesitamos.