sábado, 11 de marzo de 2017

Que un alumno, en la flor de la edad, nos abandone, es algo que llega muy dentro. No fue la primera pérdida pero sí muy sentida ya que perteneció a la primera hornada de mi llegada a Jabalquinto en 1980. Rufi, mi recuerdo siempre.

RUFI CUERVA SÁNCHEZ. IN MEMORIAM.

Cuando hace apenas unos días tuve un emocionado recuerdo para algunos de mis antiguos alumnos jabalquinteños ya fallecidos por distintos avatares de la vida, que es la que nos lleva inexorablemente a terminarla cuando ella decide, no sabía que tal día como hoy tendría que hacerme eco de la partida de Rufi Cuerva. Llegué a compartir con ella y con sus compañeros de apenas seis años un aula en la que la recuerdo tímida, frágil, cariñosa siempre, resistiéndose a dar algunos pasos de baile en aquellas tardes lúdicas de primero de EGB en las que todo sabía diferente. Rufi casi se escondía entre las piernas de su maestro, las mías, o bajo las mesas con tal de no moverse al ritmo del “Juntos” de Paloma San Basilio muy en boga en aquellos primeros años ochenta.

Luego crecimos ella y yo y se lanzó, ya superada aquella primigenia timidez, a presentar las macrofiestas de fin de curso –de dos días de duración en muchas ocasiones- aportando al guión que le escribí un especial desparpajo y una mirada penetrante que te hacía partícipe de su alegría.

Entre sus primeros pasos y el término de la escolaridad obligatoria paseamos, vía premio educativo, por la vieja Francia, por las instituciones comunitarias de Estrasburgo, por el bohemio París y Rufi, siempre atenta, siempre sonriente, era esa alumna que se hace querer y que, tiempo después, me presentó a su bebé recién nacido –tuvo dos hijos- en una calle de su Jabalquinto natal en la que se cruzó conmigo.

Me vienen ahora a la memoria, cuando nos ha dejado tras una lucha inmensa y sin desánimo, las charlas con su madre, las aventuras con su hermano Leandro, las mil y una anécdotas de tantos años compartidos en el colegio…

Por regla natural deberían ser los alumnos quienes se despidieran de sus “profes”. Lamentablemente en ocasiones sucede al revés como en el caso de mi buena y recordada Rufi. Pero sé que ahora mismo, liberada de lo sufrido, se asoma al cielo de las buenas chicas, de las estupendas alumnas, de las esforzadas madres, de las personas humanamente tiernas y nos sonríe como ella sabía hacer. Pon un poco de orden, Rufi, en esa aula nueva a la que te has trasladado. Algunos compañeros tuyos campean ya por ella y quizá te necesiten. Nosotros te echaremos de menos. Sé que tú también a nosotros.

Como han comentado muchos de tus compañeros parece muy injusto que te hayas ido ahora, con la juventud a flor de piel, con la sonrisa puesta, con la pupila llena de las miradas de tus hijos y de tu familia, con el calendario lleno de días sin tachar. No. No debe serlo pero así sucede.

Gracias por todos los días que compartimos en aquellas aulas, por tu buen ánimo. Quién sabe si algún día volveremos a bailar aquel “Juntos” y ya, seguro, no te esconderás bajo la mesa. Cuídate, Rufi. Cuídanos.


La tijera de Los Castro. Una peluquería de Jaén "con historia"


Entre el bosque de “Se alquila”, “Cerrado”, “Se vende”, “Se traspasa” y tantos otros carteles que jalonan las calles de Jaén colocados en las puertas  de negocios, algunos “de toda la vida”, alegra saber –y en propia carne-  que existen establecimientos como el regentado por la familia Castro desde 1928 y que siguen al pie del cañón frente a dificultades y escollos superados con el amor a una profesión, la de peluqueros, a la que han dedicado su vida tres generaciones.

Se asentaron primero en la calle San Clemente al mando de un joven Juan Antonio, que apenas contaba dieciocho años para pasar, en 1939, tras tiempos de guerra, a la actual ubicación de la Barbería/Peluquería en principio y hoy Castro Unisex desde 1981 en el nº 3 de Millán de Priego.

Aún con menos edad que su padre en los inicios,  con solo quince años, Jesús Castro se incorpora en 1960, tijera y peine en ristre, al negocio familiar mientras la clientela sigue asentándose hasta formar, casi, una gran familia.

Al hablar de clientes no puedo dejar de mencionar a mi padre que  frecuentaba la barbería y tampoco, claro está, mi llegada en los años setenta hasta aquellos sillones en los que, desde entonces, nunca más he tenido que responder a la pregunta ¿Cómo se lo dejo? transformada en un ¿Cómo siempre?

Jesús dejó “los trastos” allá por 2007 y la alternativa pasó a su hija Margarita y a su marido, Jaime en cuyas manos sigue mi cada vez más exigua cabellera que ha ido encaneciendo al mismo ritmo que avanzaba la historia de la peluquería más antigua de Jaén regentada por la misma familia.

Contar con este tipo de establecimientos tradicionales que sobreviven en este tiempo cambiante y lleno de dificultades debería hacernos reflexionar sobre la necesidad de mantener la actividad comercial, favorecerla y procurar que no se asfixie con IVAs, normativas estrictas y desamparos varios.  ¡Qué desazón produce pasear por nuestras calles y ver tanto local cerrado y abandonado¡

88 años llevan los Castro cuidando y recortando nuestro pelo jaenero. MI aplauso para todo el personal como cliente y como amigo. Espero poder celebrar con ellos el merecido centenario. Ya queda menos.

Amar en tiempos difíciles: José y Dulce: unos padres entregados.


José López Hervás y Dulce Yera Romero.
“Amar en tiempos difíciles”

José y Dulce. Nuestros padres. Una pareja que hizo realidad esa especie de coletilla literaria de “amar en tiempos difíciles”. Un tiempo en que la emigración estaba a la orden del día si querías progresar, e incluso sobrevivir. Una época aquella de la mitad de los cincuenta en la que el horizonte no mostraba nada sólido a lo que aferrarse y había que lanzarse sin miedo a recorrerlo para hallar destellos de futuro.

José y Dulce, miembro él del muy antiguo y leal cuerpo de Camineros del Estado; esforzada ama de su casa  ella, siempre dispuesta a ahorrar una parte del exiguo estipendio que proporcionaba el cuidado de las famosas “cinco leguas” que cada caminero tenía a su cuidado para hacer florecer a su familia.

Del luminoso pero inerme sur al frío y húmedo norte. De su Mancha Real del alma a aquellas Vascongadas que parecían estar situadas más allá del fin de los mundos conocidos. De la cálida sombra de los olivos familiares al gélido amanecer norteño. Un cambio aterrador y, sin embargo, germen de esperanza.

Vidas de trabajo sin límite, de penurias económicas, de anhelos geográficos y de llantinas al hilo de las canciones de una radio comprada con esfuerzo y que se convertía en ventana o mejor, en tobogán, para deslizarse hacia abajo, hacia el propio terruño que se imaginaba más allá del Jaizquibel o de las inmundas riberas del Oria.

José y Dulce arañaron poco a poco el ímpetu y las pesetas  necesarias para volver al Sur. Marcharon con un bebé de apenas meses y volvieron con un chaval preadolescente y otro bebé al que apenas dio tiempo a desarrollar ningún gen vasco y que se sumergió enseguida en la acogedora calina sureña.

Añoraban el sur cuando la nieve cubría sus recuerdos y recordaban el norte cuando se asentaron de nuevo en sus esencias mientras él seguía cuidando leguas, caminos y carreteras nacionales y ella se dedicaba a nosotros como si nada más importara a su alrededor. Hoy, cuando ya descansan en esa tierra a la que tanto echaron en falta, aquel pasado que los hizo fuertes sobrevuela aun nuestra existencia. Sé que allá en los astrales senderos de las buenas personas, él sigue velando por sus cinco leguas de cielo y por nuestros pasos aquí abajo. Ella, como siempre, nos dedica su amplia sonrisa a cada instante, nos aprieta fuerte en su regazo y hay momentos del día en que aun podemos aspirar ese aroma que desprendía y que hacía honor a su nombre.

José y Dulce, allá donde estáis sé que no perdéis detalle de nuestras aventuras cotidianas, que vuestra mano, vuestros ojos, se aprestan a obviarnos obstáculos y a impulsar soluciones que limen algunos de nuestros problemas. Y nosotros, los que os quisimos y os seguimos queriendo y recordando, os agradecemos día a día ese esfuerzo con el que conseguisteis levantar alta la cabeza y cimentar lo que ahora somos. Gracias, papá. Gracias, mamá. Volveremos a vernos.

Un director "de ley": Fernando Redrao.


¿Cómo quedan las aulas cuando quien las ha querido debe abandonarlas? ¿Qué recuerdo queda prendido en las miradas ansiosas de crecer de un grupo de niños y niñas cuando hemos de decirles adiós?

¿Qué sienten quienes han estado “a las órdenes” de alguien que siempre ha destacado por su apoyo incondicional a las propuestas presentadas y su proverbial sentido del deber?

Preguntas todas ellas que me asaltan cuando la noticia de la jubilación de mi buen compañero, director y amigo Fernando Redrao me llena de esa desazón que conozco tan en carne viva desde que el zarpazo miasténico me obligó a dejar la enseñanza.

Fernando, siguiendo la estela de Antonio Parras, su antecesor, cogió la antorcha rayudiana (“Palabro” derivado del nombre del centro escolar “Ramón Calatayud” y que se usó para titular la revista RAYUD cuya dirección tuve el honor de desarrollar) y ha recorrido con ella senderos a veces tortuosos pero siempre con el espíritu a flor de piel y la mano tendida hacia niños, familias y compañeros. Ahora, cuando cede el paso y se retira a sus cuarteles de ese invierno que a todos nos sobreviene, no tengo por menos que decirle, aunque sé que lo sabe, que me siento muy orgulloso de haber pertenecido a sus “huestes”, de haber compartido aulas, patios, despachos, confidencias, currículos, memorias, artículos, sonrisas y abrazos con alguien como él.

Don Fernando,  aun en su puesto directivo, nunca ha dejado de ser ese tradicional maestro a quien los niños quieren. Alguien que, desde su faceta deportiva, ha arrasado en campeonatos, obtenido galardones y respirado el aire libre compartiendo pulmones y pulso con los chavales que corrían a su alrededor y que, seguro, llevan una parte de él en el rincón más festivo de su memoria infantil.

Los últimos tiempos, enredados por burocracias, desencuentros oficiales y  alguna que otra lacerante deslealtad no pueden teñir de olvido su labor y obviar su apoyo a iniciativas de las que abren el aula a otras realidades, su siempre perenne ardor diligente y ese impulso que siempre sentí siendo maestro a su lado.

Gracias, Fernando, por tu dedicación, tu esfuerzo y tu trabajo. Sabes que se te quiere.

Visitas y Condenas.


Apenas hace unos días, un dirigente nacional de un partido con abundante representación parlamentaria visitó en la prisión de Jaén a un recluso. Esta reflexión, publicada en diciembre de 2015, viene al pelo...
Jaén suele aparecer, por lo general,  en los medios de comunicación nacionales por motivos poco edificantes. Ni siquiera en esa materia estamos en el lugar que merecemos. Hace apenas horas, en el gran debate “a cuatro” decisivo para las próximas elecciones según la publicidad, de pronto, sin previo aviso ni anestesia, uno de los candidatos mencionó nuestra ciudad. Albricias, me dije, mientras prestaba toda la atención posible a semejante novedad. Pero poco duró mi alegre asombro. Una vez más nuestro nombre se vio manchado por el poco tacto, la poca seriedad, el nulo respeto y el absurdo “mantenello y no enmendallo” de uno de esos partidos emergentes que parecen haber descubierto pólvoras nuevas y horizontes vírgenes en el panorama político pero que, a la primera de cambio, nos obsequian con comportamientos que deberían avergonzar a quien pretende enarbolar banderas de limpieza y renovación.

Bódalo, “el estelado” –por la estrella que suele portar en su gorra- concejal del Ayuntamiento giennense, elegido por “Jaén en común” marca blanca de Podemos, condenado a tres años y medio de prisión por un delito de atentado y una falta de lesiones por la agresión a un edil de Jódar, ha sido colocado como cabeza de lista para las elecciones del día 20. Una persona no ya imputada o sospechosa de delito, sino condenada judicialmente, no ha sido apartada de las listas por su partido, unas siglas que se autoproclaman azote de castas y corruptelas. Así se le echó en cara al Sr. Iglesias en dicho debate.

La explicación es peregrina: Bódalo, dicen, siempre lucha por los trabajadores. Es algo así como un superhéroe con una capa que le exonera de responsabilidades y con el que, por tanto, no van las consideraciones que sí se aplican a los demás. Mal ejemplo y excesiva jactancia. No se ha de pedir lo que uno no está dispuesto a dar o hacer. ¿Con qué fuerza moral se enfrenta Podemos al resto de partidos? Algunos, de nuevo, se empeñan en poner a Jaén al frente de episodios que quizá nos impiden levantar la cabeza con orgullo y nos llevan a sonrojarnos cuando nos mencionan en la “tele”. ¿Qué imagen damos al resto del país? Pero, ¿qué hemos hecho para merecer esto?

viernes, 14 de agosto de 2015

La "GRAN VÍA" y el "GRAN VÍA". Cuando el artículo lo cambia todo.


Hay sustantivos que pueden cambiar de sentido con solo cambiarles el artículo que los acompaña. De todos es sabido que las gentes marineras denominan a su medio natural “la mar” mientras que los visitantes de interior van de visita a otro lugar llamado “el mar”. ¿Son la misma cosa? Obviamente. Pero no es igual cómo se siente la palabra. Otro ejemplo son “la oliva” y “el olivo”. No entraremos en la discusión de si es correcto o no denominar “oliva” al fruto del árbol jaenero por excelencia pero sí que disquisicionaremos el hecho de que para los que atesoran alguna, esos árboles son “las olivas” mientras que para los demás son solo “los olivos”. Pequeños matices que suelen pasar inadvertidos pero que impregnan el lenguaje con su toque emocional.

Y pasemos al meollo de estas palabras hilvanadas tras un reciente paseo por ese reducto de historia de Madrid que es la Gran Vía. La Gran Vía, en femenino, es la avenida que ha estado en el corazón de Madrid desde hace 105 años. Pero en masculino, “El Gran Vía”, es un hotel. También con mucha historia a sus espaldas y que sigue, incólume, inasequible al desaliento, en su emplazamiento señero frente a la antañona Telefónica.




Si hay personajes con los que me parece poder tropezar a los largo de cualquier paseo por la Gran Vía, estos son Ava Gardner y Ernest Hemingway. De mi especial predilección por aquel “animal más bello del mundo” ya he dejado en ocasiones buena crónica en artículos y blogs. Acercarme a Chicote, hoy desvaído, e intentar atisbar por sus cristales la presencia de la artista rodeada, bien de Sinatra al rescate, de Cabré al ataque o de cualquier anónimo transeúnte con el que sorber hasta la última gota de los alcoholes más variados, es todo uno.



Quizá esa historia de Ava y Chicote es muy conocida y no merece más comentario que el regocijo interior de su recuerdo pero el caso de Hemingway está más oculto en las trincheras de la historia. He de advertir que la palabra “trinchera” no está traída de forma literaria. Es literal. Y aquí conectamos con ese sentido “masculino” antes mencionado. El hotel Gran Vía, hoy Tryp Madrid Gran Vía, acogió al escritor estadounidense mientras escribía sus célebres crónicas sobre nuestra guerra civil. Su cafetería, ese mirador que aun permite atisbar el ir y venir de nuestra civilización turístico-occidental, fue el lugar elegido para pergeñar esos retazos periodístico-literarios tan útiles para conocer nuestros pasos por la historia reciente. Hemingway se alojaba un poco más abajo, en dirección Callao, en el tristemente desaparecido hotel Florida, solar hoy absorbido por El Corte Inglés tras haber sido ofrecido por Galerías Preciados al dios consumo allá por los sesenta.



Del Florida al Gran Vía, apenas unos metros, van los pasos de Hemingway y su pluma dispuesta a la disección de la dolorosa realidad del momento. Y del Gran Vía, el hotel, van los míos hacia el Madrid que me encanta pasear, el del centro saturado, el de los bancos, en acepción de grupo, de turistas enloquecidos, el del tráfico feroz camino de todas y de ninguna parte… Un Madrid que, sin embargo, empequeñece cuando la tranquila y renovada paz del Gran Vía, el hotel, repito, te deja relajar cuerpo y espíritu entre sus apaciguadas habitaciones.

Quizá, en ocasiones, me pasa como a Hemingway (The night before battle) y ese lugar de ruido infernal, la Gran Vía, “me pone furioso” a pesar de que me gusta sumergirme en él con cierta –bastante- periodicidad, pero enseguida saltas a la vida cultural de la ciudad, arte, teatro, música y el regreso a las recientemente remozadas, renovadas y puestas en valor estancias del Gran Vía te pone, cuan móvil en cargador, en situación de recarga permanente para, en apenas horas, volver a ejercer de explorador selvático urbanita.



La experiencia empieza cuando, en un hall luminoso con indicadores que te trasladan a mundos lejanos, cercanos y “mediopensionistas”, la sonrisa de Tamara te invita a subir al mirador que te ha correspondido, vistas inmejorables que Hemingway apreció en su día y que te dejan soñar que eres, como el Di Caprio de Titanic, el rey “de la Gran Vía”.



Cuando, tras el reparador descanso en unas excelentes camas nuevas, mullidas y jugosas (de juego, de gusto y de acogedores sueños) te dispones a reponer las fuerzas con un desayuno destacable y completo te hallas frente a la oficiante de esa ceremonia nutritiva: Belén, con su sonrisa y su buen ánimo te eleva a la categoría de huésped vip con solo un gesto, con un Buenos días o un cariñoso abrazo al descubrirte entre los recién llegados.



Ignoro si Hemingway se llevó del personal del Gran Vía el buen recuerdo que expresó, por ejemplo, de los camareros de Chicote que “merecen mi respeto porque conseguían evocar atmósferas agradables” pero en mi caso esa sensación de sentirse como en casa se cumple perfectamente. Y si Hemingway conoció en sus alrededores a Martha Gellhorn, periodista de la que se enamoró, también el Gran Vía fue uno de los escenarios de mi Luna de Miel días antes de partir hacia la bella Italia con mi Ana del alma. En la historia personal parece haber escenarios hábilmente dispuestos por el destino para servir de fondo a diferentes lances, andanzas y peripecias. El Gran Vía, sin duda, es uno de ellos y, en atención a su trayectoria, a su situación, al alegre siseo de su vida diaria, a la paz de su renovación y al exquisito trato de sus gentes, no me cabe más que recomendarlo a viajeros irredentos, turistas indecisos, visitantes de todas las distancias y adictos al Madrid más genuino. Allí nos vemos.



domingo, 26 de julio de 2015

Pregón de las fiestas de NUESTRO PADRE JESÚS de Jabalquinto 2015.


Ayer, 25 de julio, tuve el honor de ser el pregonero de las fiestas de Nuestro Padre Jesús de Jabalquinto. El reencuentro con antiguos alumnos, con sus familias, con el pueblo donde desarrollé mi labor docente durante más de veinte años fue verdaderamente emocionante. Esos momentos, esos abrazos, ese afecto, me hicieron por un lado volver a sentirme "maestro" y por otro me rejuvenecieron hasta aquel tiempo en que las aulas de Jabalquinto fueron mi segundo hogar. A modo de homenaje, este es el texto del pregón de las fiestas 2015:


 


      PREGÓN FIESTAS NUESTRO PADRE JESÚS. JABALQUINTO 2015.

Pedro Antonio López Yera

Buenas noches a todos y a todas. Creo que es obligado comenzar agradeciendo a vuestro alcalde, a mi antiguo alumno Pedro a quien creo poder llamar amigo y a su corporación municipal, el haber pensado en mi como pregonero de estas fiestas de 2015.

Ayer podíamos ver en la última página de Diario JAÉN un titular que decía que Jabalquinto es un lugar al que siempre volver. Eran palabras de un antiguo alumno, Juan Pedro García Lérida, hijo de Manuel, el Herrero, el del Taller, que fue protagonista de unos versillos que le dediqué. Esa frase me viene como anillo al dedo para comenzar. Volver es un verbo que suena a Tango, a canción triste por cuanto implica que uno se ha ido previamente. Pero trae también la enérgica sacudida del reencuentro. En mi caso, obviamente no he nacido aquí aunque sí que pasé veintitantos años compartiendo aula con vosotros, con ustedes. Con muchos de los que hoy estáis aquí he vivido no solamente las escaramuzas propias del aprender día a día en una escuela  –palabra que me gusta mucho más que la de colegio- sino, al menos eso quiero pensar, también  las de ir abriéndose camino en una asignatura que nunca aparece en los programas escolares pero que es la más importante que tanto el alumno como el maestro deben desarrollar. Esa materia es nada más y nada menos que Aprender a vivir.

Cuando Pedro se puso en contacto conmigo para ofrecerme este inmenso honor, me comentó que haber intentado que la sociedad jabalquinteña avance en sus principios y valores era uno de los puntos principales a tener en cuenta a la hora de ofrecer este, llamémosle cargo, a las personas que podrían desempeñarlo.          

Ni que decir tiene que la actividad de un enseñante, de un maestro, siempre está relacionada con esa labor, con ese intento de que quienes son en un momento niños y niñas ansiosos de aprender y crecer lo hagan con la mirada puesta en crear una sociedad más justa, libre, crítica e inmersa en unos valores de responsabilidad y apertura de miras.

Pensar que en algo, en una mínima proporción, mi modesto aporte a que Jabalquinto haya avanzado en esa dirección haya tenido un éxito que me apresuro a compartir con mis compañeros docentes de entonces y de ahora mismo, algunos de los cuales nos acompañan hoy, es algo que me llena de íntima satisfacción ya que ¿Cuál si no es el objetivo principal de nuestra labor como maestros?

Se dice que Einstein dijo una vez: “Sincronízate con la frecuencia de la realidad que quieres y no podrás hacer otra cosa que conseguirla”. Quiero pensar que eso es lo que siempre intenté en mi labor docente. Si lo conseguí o no es a mis alumnos, a sus familias, a quienes vivieron aquellos momentos, a quienes toca opinar. Pero mi intención siempre fue abrir las puertas y las ventanas a los vientos de la realidad. Si para eso había que viajar, escapar del aula grabando videos, películas, participar en proyectos y certámenes, hacerse periodistas, ser todos uno, niños y maestro, por ahí quise encontrar el camino para crecer, para ser, para avanzar.

Hoy, cuando las redes sociales me han ofrecido  “ser amigo” de muchos de aquellos chavales jabalquinteños con los que fui creciendo también yo desde 1981, me he vuelto a mirar en sus ojos, esta vez no en directo sino en sus fotos de facebook y me he sentido de nuevo como si abriera la puerta del aula una mañana  cualquiera y todos entraran otra vez para ver qué podíamos aprender hoy, quizá por encima del tema que tocara en el libro.

Hace apenas unos días fue mi cumpleaños y he de reconocer que muchos de esos “niños y niñas” a los que acabo de mencionar me emocionaron. Algunos con unas palabras de recuerdo, otras de ánimo y todos, sin excepción, mostrándome un cariño, un afecto que me hizo sentir, sinceramente, querido. Cuando uno se dedica a lo que es su oficio, al que eligió en un momento de su vida,  con el empeño y la entrega que esa vocación merece, enseñar en mi caso, nunca piensa en si se reconocerá o no su labor. Sencillamente procura que cada día, cada clase, cada pequeña aventura del aula tenga el objetivo justo, la proyección necesaria, la devoción casi,  y todo ello, como bien decía Chateau y otros pedagogos, con amor. El maestro debe querer a sus alumnos y seguramente eso produzca una corriente similar en ellos. Educar es, en esencia, querer. Si conseguimos eso entre todos aquellos que compartimos aula, todo lo demás vendrá casi solo. Y todas esas llamadas y mensajes de felicitación me dejaron la sensación de que fuimos por buen camino.
 
Decía Frost, en una afirmación que me gusta repetir, que él no se consideraba maestro, sino despertador. Y, en el fondo, qué sino eso hacemos los maestros? Despertar en quienes nos acompañan las ganas de saber más, de ser mejores, de crecer sabiendo en qué apoyar los pasos que nos harán alcanzar el futuro. Enseñar escapa a la mera transmisión de conocimientos, aunque no hemos de obviar la importancia de tener presente nuestro pasado y nuestra actualidad como civilización. Enseñar y aprender están tan unidos que es complicado marcar la evanescente línea que los separa.                    

Hay otra frase famosa que se refiere a esa labor nuestra. No está muy claro su autor, aunque suele atribuirse a Benjamín Franklin: "Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados". Pues bien, me declaro ahora mismo loco. Loco por intentar cada día que la escuela no fuera un mero camino lleno de ejercicios, cuadernillos y pizarras. Loco por llevar el nombre de Jabalquinto por esos mundos de Dios. Y no es una figura literaria. Podría contar mil y una anécdotas de aquellos niños y niñas de los años ochenta y noventa en sus correrías nacionales e  “internacionales”. Pasaportes cambiados de maleta que impedían salir de Francia si no aparecían, por ejemplo, o el episodio de una niña que se dio la vuelta y nos perdió junto al Centro Pompidou en Paris y al acudir a uno de los gendarmes tuvo la ocurrencia de decirle… Ayúdeme, señor, soy de Jabalquinto.  De la cara de aquel hombre no debieron quedar fotos pero seguro que fue de antología.

 En otra ocasión en la que cierta Alumna de nombre Mari Carmen decidió tomar otro camino dentro de El Corte Inglés de Princesa en Madrid, el nombre de Jabalquinto sonó por la megafonía para asombro de los clientes del establecimiento. Susto que acabó en abrazo enjugado con alguna lágrima de tensa emoción. Nuestras andanzas diurnas y nocturnas por “todo lo largo y ancho” que nos permitían los viajes de fin de curso o los premios que conseguíamos darían para mucho y no parece que este sea el mejor momento para entregarnos a la nostalgia del recuerdo.

Decía Oscar Wilde que la mejor manera de que un niño aprenda es hacerlo feliz. Quiero creer que en aquellos años y con los matices que sean necesarios, todos fuimos felices. Si. También yo.                       

Y si, como dijo alguien, “Los discípulos son la biografía del maestro” espero que la mía, confeccionada en la mayor parte por chavales de este pueblo, tenga esa chispa que me haga sentir que no fracasé del todo y que lo que más me ha llenado en la vida, ser maestro, haya servido para algo.

Recorrimos España de norte a sur, atravesamos fronteras e inundamos Francia, Bélgica y Holanda, fundamos la revista escolar decana de toda la provincia y una de las más longevas del país, ganamos premios autonómicos y nacionales, escribimos libros, removimos y escarbamos en la historia del pueblo, fuimos la avanzadilla de otra manera de hacer las cosas y que se ha ido desarrollando y perfeccionando después en las manos de mis queridos compañeros. Jabalquinto empezó a sonar en los medios de comunicación con noticias de calado y desde este querido altozano intentamos esparcir nuestra alegría por saber, por aprender, por mejorar… Por cierto que no puedo nombrar la revista del colegio sin recordar emocionadamente a D. Manuel Gallego, maestro y director en aquel lejano comienzo de los años ochenta en que me asomé por primera vez a Jabalquinto. Él, que nos ha precedido ya en el cielo de los buenos maestros y de las excelentes personas, estaría contento de vernos hoy aquí y nos bendeciría como sólo él sabía hacer.

Al fin y al cabo, ser maestro implica ser un modelo de vida y ofrecerlo y D. Manuel así lo hacía.  Henry Adams dijo que “ser maestro afecta a la eternidad, nunca se sabe dónde termina su influencia”. Suena quizá muy fuerte pero es así, y perdón por el orgullo de sentirlo de ese modo.  

Hace casi veinte años escribí unas reflexiones que aparecieron en el programa de fiestas de 1998. Se titulaban NIÑOS, LA FERIA DEL FUTURO. Como si de una premonición se tratara, en uno                 

de los párrafos decía: “La semilla del futuro ya está floreciendo. Los que harán el Jabalquinto del futuro están ya en el candelero. Aquellos que nos sustituirán están demostrando que son capaces de ello. Alegrémonos. (…) Hay que renacer en aquellos a quienes hemos dado la vida. Ellos nos la harán mejor. Estemos seguros”

Y la causa de este florecimiento era, según mis apreciaciones de entonces, que “Nuestros niños y niñas tienen  cada vez más oportunidades de ser y de saber. Les estamos educando en la diversidad, en la tolerancia, en los más vigorosos valores democráticos. Nuestros niños, los hijos e hijas de Jabalquinto son cantera de futuro, banquillo de próximas jugadas…”

Han pasado los años y estoy seguro de que aquella generación que ahora es quien tiene a su cargo nuestro pueblo  –perdonad si me hago jabalquinteño aunque sea en espíritu- se apropió fuertemente de esos valores y los proclaman cada día. Si una semilla, por pequeña que sea, germinó desde nuestras aulas, algún valor tuvo el esfuerzo de todos. No solo los alumnos aprenden de los maestros. Los maestros recolectamos cada día lo que nuestros chavales nos aportan. Y ese es el entramado real de la educación, un crecer hacia adelante, un estar convencido de que Jabalquinto merece toda la dedicación de que seamos capaces. Tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre, como bien decía Kant.  El hombre no es más que lo que la educación hace de él. Y los pueblos son lo que la educación de sus hijos hace de ellos.

Pero dejemos de hablar de escuela, de educación y de pasado. Hoy toca anunciar la feria, ese emocionante paso de calendario en el que todos nos sentimos un poco más tocados por el alegre sortilegio de la camaradería, la amistad y el reencuentro. El calor de este verano tórrido que soportamos tendrá unos momentos de pausa  mientras los toreamos oliendo a churros mañaneros, a fino, a tapas golosas o a cerveza helada que tizne de olvido gargantas y cabezas. Dejaremos de pensar por unos días en los pequeños problemas, en los golpes de un momento difícil para dejarnos llevar, como si de nuevo fuéramos niños, por la senda trillada del tiovivo.

En 1996, -también ha llovido desde entonces- en otro “a modo de pregón” escribí que “desde ese palco de primera que seguro tienen ahí arriba, nos sonríen Juan de Benavides, Lucas de Iranzo, los Benavente y tantos otros personajes que alguna vez, allende los siglos, pisaron nuestro Jabalquinto y observan las caras conocidas de quienes disfrutan de la fiesta mientras comentan mil y un detalles de sus vidas. Es el tiempo que pasea. Es la feria que todo lo envuelve…”

Los tiempos festivos siempre han sido el mejor momento para pararse un instante y mirar hacia atrás y hacia adelante. En la feria se reúnen de nuevo con nosotros aquellos que se fueron, regresan por unos días y se crea la ilusión de que quizá nunca se fueron o nunca se volverán a ir. La feria, ya lo he dicho antes, nos hace volver a ser niños y niñas pero también nos recuerda que la vida sigue, que al día siguiente todo será de nuevo un escalón más de ese futuro que nos espera a la vuelta de la esquina.  La feria nos hace aunar realidades y sentimientos. Decía Joan Margarit, el poeta, que nuestras emociones, nuestras querencias no solo están unidas a nuestros recuerdos, a nuestra historia, sino también a nuestra geografía.

Tenemos la suerte de tener un pueblo de silueta fácilmente reconocible recortada en el horizonte.                                                  
Estamos sobre un altozano, una colina, un cerro, elevados sobre el paisaje a punto de alcanzar los cielos. Eso nos hace visibles desde muchos kilómetros  a la redonda y hasta ha dado lugar a refranes y dichos populares como el archiconocido “Andar, andar y Jabalquinto a la par”. Estas palabras, y perdón por el inciso personal, me recuerdan también a mi abuelo Pablo ya tocado por el inmisericorde zarpazo de la memoria perdida. Siempre que volvía a verme me preguntaba una y otra vez, casi en un bucle tierno y esforzado que ¿Dónde daba escuela? (Una expresión ya en desuso) Y al responderle que en Jabalquinto, él desgranaba como si lo sacara de sus más profundos recuerdos el Andar, andar y Jabalquinto a la par para treinta segundos después volver a preguntármelo.

Esa posición geográfica envidiable hace que con solo divisar el pueblo se sienta uno ya partícipe de su existencia y brote la conciencia casi tribal de pertenecer a su esencia más atávica. Cuántas veces, a la vuelta de alguna de las muchas escapadas que hicimos con los alumnos, cuando el serpenteo del autobús nos iba acercando ya a casa de nuevo, el más lejano vislumbre de la recordada visión del pueblo hacía explotar gritos de alegría en todos mientras el paisaje se hacía más cercano y todo Jabalquinto se hacía más grande físicamente al ir avanzando en el camino y también dentro de cada uno dando igual si veníamos de una granja escuela a apenas cincuenta kilómetros o de centro-Europa. Volver a casa siempre ha sido algo que nos llena de íntimas satisfacciones. Y eso es lo que sucede en tiempos de feria.

 Eso sí, hay algunos que solo pueden volver dentro de nuestro recuerdo. Siguen viviendo aposentados en nuestras neuronas e interaccionan con nosotros cuando los traemos al pensamiento.     

Cada familia tiene los suyos, los que nos precedieron al marchar, y a ellos dedican su recuerdo. Permitidme que, como si de un padre se tratara, dedique unas palabras a esos alumnos y alumnas jabalquinteños que abandonaron las aulas para siempre. Niños y niñas a los que hemos visto partir en esa edad en la que lo más lógico es crecer y vivir. Parece que veo sentados en sus mesas a Alonso, a Manuel Fernández, a Isabel Lérida, a Juan López, a Pedro Martínez, a Martín Zambrana, a Antonio Rodríguez o a Manuel Jesús Nájera.

Espero que mencionarlos no atraiga la lágrima del recuerdo ni el desconsuelo de la ausencia sino, por el contrario, la alegría de saberlos asomados al balcón celeste de las buenos chavales, ese sitio desde el que aplauden nuestro día a día y desde el que sabemos que siguen nuestros pasos infundiéndonos esa paz que nos inunda cuando los pensamos. La vida tiene altibajos y nos va tocando colocarnos en una u otra parte de la línea según extraños designios que se nos antojan incomprensibles la mayor parte de las veces. Pero la vida sigue, impertérrita, dispuesta a alcanzarnos, como el tiempo, como el calendario que deshoja sus páginas mientras circulamos a su alrededor.

Y, como posiblemente ellos desearían, hay que continuar. Dicen que  Shakespeare solía decir que “si todo el año fuese fiesta, divertirse sería más aburrido que trabajar”. No sé si estaremos de acuerdo o no con esta afirmación. De lo que no me queda duda es de las ganas con que nos enfrentamos todos los años a la fiesta, a la feria, al ánimo de sacar del armario nuestras mejores galas y a lanzarnos a la caza de la cerveza helada, la música de la caseta, el trasnoche al hilo del tiovivo…

Permitidme que recree unos versos del libro que dediqué a Jabalquinto. Concretamente los que hablan de la feria:                   

Huele la feria a algodón dulce.

A polvo removido.

A cariño y alegría.

Dan vueltas los caballitos del tiovivo

Y nuestros corazones.

La noria nos sube y nos deja caer.

La niña, llorando, no quiere montar.

Vinillo y chorizo. Cerveza y jamón.

 ¡Cómo está la feria con este calor!

Altas las canciones. Hay un altavoz.

Rumbas, Sevillanas,

Casetas en flor.

Se apagan los ruidos. Se escucha un tambor.

Va a pasar ahora nuestra procesión.

Pasa el Nazareno.

¡Ay, cuánta emoción!

Mi abuelita llora. Le “tié” devoción…

 
En la feria se unen sentimientos de alegría por el reencuentro con ese toque que da el enfrentarse a Nuestro Padre Jesús como motor de la fiesta. Quizá la feria es el punto de unión entre la laica exaltación de lo festivo y el entusiasmo religioso de ese punto íntimo al que nos aferramos independientemente de nuestras ideas cotidianas.  Cuando mañana, bajo el sol del mediodía, la egregia figura de nuestro patrón salga a recorrer las calles, una sensación de serena esperanza se apoderará de todos aquellos que presencien su paso y también de quienes, aun no estando presentes, participan interiormente de esa conexión que les une con la esencia de lo que representa.  Dejadme que, en un verso más, ya sabéis que la poesía es mi arma preferida, recuerde lo que un día escribí sobre Nuestro Padre Jesús:            

 
Dicen tus ojos de paz y de perdón,

Mientras pétalos de sangre llenan tus mejillas.

Cansado gesto arrastras en tu trono

Cruz en ristre, ajena pesadilla.

Sé que me miras cuando pasas

Y en mi memoria lees cuanto ella guarda.

Y por tanto sabes de mi confianza

En tu cobijo fiel, firma esperanza…

 
Cuando el patrón recorre nuestras calles, la procesión tiene dos ámbitos. Ya lo dice el refrán: la procesión también va por dentro, por esos recovecos que nos llenan cerebro, corazón y mente. Queremos ser libres, felices, boyantes, prósperos, amados en el lenguaje cotidiano y, seguramente, bienaventurados. ¡Qué bella conjunción de deseos!

 
Pero las palabras están siendo muchas y lo que prima en un pregón es la llamada a la fiesta. Jabalquinto está presto a ser, sentirse y saberse tocado por la varita mágica de la feria. La luz del crepúsculo se tiñe de más colores, como de nuevas guirnaldas, que  quisieran unirse a las celebraciones. Este pregonero, que se enorgullece de tener alguna pizca de jabalquinteño en su ADN, al menos por aquello de que el roce hace el cariño, quiere despedirse ya para dejar paso al regocijo de la diversión. Y lo hace, lo hago, con un verso final.

 
Miro atrás y sigo divisando,

Jabalquinto, tu nombre en la distancia.

Miro dentro, mi pueblo, amigo mío,

Y te siento en mis venas navegando.

                                                                                                                
Cierto. Pero no me hace falta mirar hacia atrás. Hoy, como si de un extraño encantamiento se tratara, me habéis dado la oportunidad de sentirme maestro de nuevo. He dejado escondida en un rincón esa mala salud que me hizo dejar la escuela y, gracias a todos y cada uno de vosotros, he rejuvenecido aunque las canas se empeñen en recordarme que las manecillas del reloj nunca se detienen. Hoy, repito, he vuelto “a casa” con los míos, con vosotros. Parafraseando de nuevo a Juan Pedro, como al principio, diré que Jabalquinto es un lugar al que volver. Aquí estoy. Espero que esta ocasión sea solo un nuevo comienzo. Gracias por hacerme sentir uno más entre vosotros. Siempre podréis contar conmigo.

 
Y ya termino. Gracias a todos y a todas por vuestra amable atención. A los que han venido y a los que no han podido estar. A mis antiguos alumnos y alumnas, a sus familias, a los jabalquinteños y jabalquinteñas que me recuerdan y a los que no me conocían, a mis compañeros docentes, a las autoridades y fuerzas “vivas” presentes…

 Como decía una canción, ya solo queda “un beso, un abrazo, unas fotos y un adiós”.  ¿Unas fotos? Si. Eso no lo decía la canción pero me he permitido rebuscar en el viejo baúl de los recuerdos hasta encontrar esta pequeña colección de imágenes en las que todos éramos jóvenes. Unos niños, otros algo menos, pero todos, todos, si nos damos cuenta teníamos en los ojos el brillo de un futuro que, hoy, precisamente hoy, ya es presente. Muchas gracias y vamos a verlas…

Pedro A. López Yera. Pregón Jabalquinto 25 de julio 2015.