Mostrando entradas con la etiqueta Pedro Antonio López Yera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pedro Antonio López Yera. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de mayo de 2025

La huella del papa Francisco.

 Os dejo mi columna del viernes en DIARIO JAÉN.

La huella de Francisco

El lobo, Papa Francisco, no te devoró. Titulaba una de mis columnas en estas mismas páginas allá por marzo de 2013 “El lobo te devorará” pero, a las pruebas me remito, no resultó demasiado herido en las acometidas que intentó frente al muro férreo vaticano. Quizá, como decía mi artículo, el otrora cardenal Bergoglio se decidió a intentar, como su homónimo Francisco de Asís traer paz y sosiego a una Iglesia tambaleante que parecía escorarse hacia un lado oscuro tan alejado de su mandato primigenio. El Santo de Asís se dice que escuchó una vez a un crucifijo que le decía: “Francisco, vete y repara mi iglesia, que se está cayendo”. Acaso el Papa que ha llevado su nombre asumió ese mismo mandato y su esfuerzo, en ocasiones titánico, trató de renovar el mensaje para hacerlo más cercano al original, a los desfavorecidos, a una sociedad prendida con alfileres no siempre dispuestos a “sujetar” lo que realmente necesita “sujetarse”. Rescato un párrafo de aquella columna que me parece ahora, a tiempo pasado, premonitorio, aunque tampoco eran necesarias demasiadas dotes adivinatorias para darse cuenta del alcance del, digamos, problema: “Sobre su nívea efigie -la del nuevo Papa- sobrevuelan cuervos escondidos; sobre su solideo pende la espada de un Damocles impío que impregna aires corruptos, pederastas y sacrílegos; sobre su voz cercana y afable se cierne la mordaza de sospechas expandidas a su alrededor. Necesitará soplar fuerte para que el lodo se desprenda de los lóbregos pasillos vaticanos y sea barrido para siempre. ¡Cómo olvidar ese “Bendecidme vosotros” con que se dirigió a los fieles congregados bajo la lluvia de San Pedro! “Antes de bendeciros, bendecidme y pedid a Dios por mí” Un comienzo que le acercó al mundo, a la sociedad, y que nos hizo sospechar que su mano firme, llegada “del otro lado del mar”, iba a ser capaz de ordenar, limpiar, recolocar, sanear y dar lustre a lo que parecía ahogado en capas de ignominia. “Hay papeles guardados que necesitan airearse. Hay bombillas que cambiar para que su luz llegue más allá. Hay un futuro que diseñar” escribía aquel día con la imagen del Papa casi recién estrenada.
¿Consiguió realmente enfrentarse a los lobos? Como siempre dependerá del ángulo del observador. Para los progresistas fue uno de los suyos, aunque le faltara algún que otro empuje más “feroz” por seguir con el símil. Para los conservadores tal vez se convirtió en un peligro que ponía en jaque determinadas “verdades” afianzadas en el tiempo, la opacidad y con un velo de impunidad. Quizá sus planteamientos fueron, por decirlo de algún modo, deslumbrantes en un escenario como el de la Iglesia, de la Curia oficial vaticana, pero no se desarrollaron como tal vez hubiera deseado. Abrió puertas, aireó pasillos, dejó que vientos nuevos pasearan por la historia milenaria de la institución, pero no pudo alcanzar una meta real en que una iglesia contemporánea pudiera mirarse sin sonrojo. Todo ello, por supuesto, no le resta importancia a su labor, al contrario, deja un poso que puede, o no, generar expectativas de futuro. Todo dependerá de quién suba a la silla de Pedro para ostentar el papado. Se rumorea que, al haber nombrado a buena parte de los cardenales que habrán de ser “sondeados” por el Espíritu Santo en la Sixtina, quizá el resultado de la fumata blanca nos deje un continuador de ese progresismo iniciado. Por el contrario, existe la posibilidad de que las fuerzas tradicionales se impongan para mantener un status “clásico” con todo lo que ese adjetivo significa. Incluso se escucha que tal vez el próximo Papa sea asiático, filipino por mas señas, o tal vez, para darse de bruces con las profecías, un Papa de color. Pocos días quedan para saberlo. En el listado de aspirantes contamos con varios españoles, uno de ellos catalán y otro un jaenero “de pro”, el cardenal José Cobo Cano, de Sabiote. Fue nombrado por Francisco arzobispo de Madrid y se le considera comprometido con causas sociales y, por tanto, reformista. Un Papa español y de Jaén sería todo un lujo. Esperemos a ese cónclave que tantas imágenes hollywoodenses nos trae y… recemos.

viernes, 11 de octubre de 2024

Olor a verso.


 ¿A qué huele el recuerdo? ¿Cuál es el perfume del poema? Las páginas del verso disponen de su propia fragancia, la de la poesía y la de ese tacto devenido en flor que alguien dejó apresada entre el verbo untuoso de Federico.

Entre Walt Whitman, la América junto al Hudson y el Son de los negros en Cuba están los pétalos del tiempo, fundidos en la huida de la orilla del cieno, como diría Lorca, camino de la bacanal de la naturaleza muerta que sobrevive siempre al soplo de la pluma del poeta.
Las flores son también versos. Ellas lo saben y se dejan acariciar por el calendario que las deja exhaustas con el solo aire que circula entre poemas escritos con la tinta transida que Federico exprime.
Y nosotros, los lectores, los que olfateamos flores, versos y poemas, quizá también lo seamos. Como me gusta siempre recordar, ya lo dijo Gil de Biedma: Pensé que quería ser poeta, pero en realidad lo que añoraba era ser poema…
Pues eso.

martes, 8 de octubre de 2024

¡Ay, mis ovejitas!



Ay, ovejitas, ovejitas. Qué haría yo sin vosotras. Aquí, cada mañana, cada tarde, escuchando vuestras cosas, acariciándoos, sintiendo vuestro calor en mitad del páramo. Ovejitas, ovejitas, Hoy empieza un nuevo día y lo vamos a disfrutar juntos. ¿Qué queréis que hagamos? Me veo reflejado en vuestros ojillos tiernos y siento que estoy vivo, que la naturaleza me acoge, que la brisa matutina me despierta el alma, que soy capaz de interpretar vuestros balidos, que vuestros corazones y el mío laten a la vez. Ya veis, si es que soy un sentimental...

martes, 28 de marzo de 2017

Josefina Manresa: El amor de Miguel Hernández.




Junto a un gran hombre siempre hay una gran mujer. Y Miguel Hernández no era una excepción. Aquí vemos a Josefina Manresa, su amor, sentada en un árbol, en aquel terrible agosto de 1936.

Ella  dedicó toda su vida a cuidar el legado de su marido. Apenas convivieron unas semanas, pero el tiempo que pasaron juntos fue suficiente para que algunos aspectos de la vida del poeta sólo los pudiera conocer Josefina

“Mi querida nena”, “mi querida esposa, “mi querida Josefinilla”. Así encabezaba Miguel Hernández las decenas de cartas que le escribió a su mujer. Fueron muchas, tantas que su relación se podría considerar básicamente epistolar, ya que apenas convivieron unas semanas después del matrimonio y algunos días de permiso que el poeta tuvo durante la guerra. Se conocieron en 1933, formalizaron el noviazgo en 1934 y se casaron en 1937, pero Miguel pasó la mayor parte del tiempo lejos de casa: de viaje (Madrid, París, Suecia, Rusia…), en el frente y, finalmente, en la cárcel. Sin embargo, él le escribió prácticamente todos los días. Aquella mujer casta y sencilla, como los versos que le dedicó el poeta, fue su musa y su gran amor.

Este año se cumple un siglo del nacimiento de Josefina Manresa en Quesada, Jaén. Por eso no está de más recordarla. El gran espíritu de Josefina, que en un principio puede resultar incluso ingenuo, reside en los pequeños detalles: la vida cotidiana, los olores, lo que le gustaba comer a Miguel, el apuro que le daba a Josefina no saber cocinar. Josefina rememoraba cómo su abuela hilvanaba los bajos de los pantalones con el propio hilo de la tela, que la miseria llegó a ser tanta que había un hombre apodado Céntimo, o que nunca pudo quitar las manchas de pus y sangre de la ropa que Miguel llevaba en la cárcel, ya gravemente enfermo de tuberculosis.

Por cierto, ahora se publica de nuevo el libro de sus memorias:  Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández. No os lo perdáis.

Lo escribió en algo más de dos meses y le echaron una mano su hermano Manolo y su hijo Manuel Miguel. Josefina Era muy reservada con su vida íntima pero tenía una memoria prodigiosa por lo que sus amigos no dejaron nunca de pedirle que se animara a contar su vida. Le ayudó también la necesidad de enmendar muchos de los errores que fue encontrando en publicaciones y biografías del poeta. Josefina no escatima correcciones (y reproches) a quienes han publicado datos falsos o textos sin su autorización.

Josefina guardó con sumo cuidado todo lo que le había quedado de Miguel, sobre todo, manuscritos y cartas aunque dice que pocos objetos se pudieron guardar de Miguel ya que no tenía nada. También relata la odisea que supuso conservarlo todo en la durísima posguerra que le tocó vivir: era la viuda de un rojo y los registros de su casa fueron constantes. El legado del poeta de Orihuela llegó a estar escondido dentro de un saco, enterrado en el patio de la casa.

Josefina era sencilla, tradicional, católica y recatada, hasta los 15 años no tuvo “amigas de salir de paseo”. Algunas de los pensamientos de Josefina cuando era una joven costurera reflejan el clima de recato y beatería en que se educó. El punto de encuentro entre ella y el poeta fue su vitalidad. La forma de ser de Josefina encandiló a Miguel. Ella era muy simpática, graciosa y alegre aunque con el tiempo se hizo más taciturna y reservada. Su vida no fue fácil y se le fueron acumulando motivos para el duelo: su padre, guardia civil, fue asesinado al principio de la guerra; su madre, fallecía días después de su boda con Miguel; y en 1938, moría su primer hijo.

Después vino el encarcelamiento y la agonía del poeta. Como se habían casado por lo civil, tuvieron que repetir la boda por el rito católico, pocos días antes del fallecimiento del poeta, el 28 de marzo de 1942. La escena que describe Josefina de aquel segundo matrimonio es especialmente dura: Miguel no se podía mover de la cama y la boda se celebró con él tirado en un jergón. “Y así se fue Miguel al otro mundo: con todas sus ilusiones, con todos sus deseos, con toda su honradez y con toda su tristeza que solamente sé yo”. Josefina falleció en 1987.  


martes, 21 de marzo de 2017

Aquellos maestros...


Buscando por los vericuetos de las hemerotecas encuentro este añejo artículo de 1966, con más de cincuenta añitos a la espalda, firmado por Jaime Capmany en ESCUELA ESPAÑOLA. No me resisto a compartirlo por cuando mucho de lo allí mencionado podría aplicarlo a mi primera maestra, doña Purificación, y a mi profesor universitario don Alfonso Sancho. Si las letras -ajadas por el tiempo- os lo permiten, os recomiendo su lectura.

domingo, 12 de marzo de 2017

JAÉN, LA ATLÁNTIDA, LA DESIDIA Y EL OLVIDO.


JAÉN, LA ATLÁNTIDA, LA DESIDIA Y EL OLVIDO.

Hoy, dentro de ese pequeño –muy pequeño, casi diminuto- terremoto que las teorías de Georgeos Díaz-Montexano, experto en Atlantología y responsable del documental de National Geographic sobre Marroquíes Bajos, producido por James Cámeron, en el que defiende su teoría de que la Atlántida podría tener raíces en nuestro Bulevar de Jaén, el diario JAÉN, de la mano de Manuela Rosa Jaenes le dedica una amplia entrevista. Insiste en ella Georgeos en afirmar que este yacimiento es un lugar único en el mundo.
¿Cómo nos quedamos? Pues como jaeneros que somos, igual. Poco nos animan esos descubrimientos. Como tampoco nos anima o nos enerva que nos quiten conexiones ferroviarias, que el tranvía se oxide paulatinamente en su olvido culpable o que nuestros aceites se vean destronados por otros con más “mala idea” por decirlo de algún modo. En Jaén somos así. Ya se sabe.
Dice Georgeos que “de todos los poblados del Calcolítico hallados hasta la fecha del tipo de recintos circulares y fosos, Marroquíes Bajos es, de momento, el único donde se ha podido probar que se excavaron fosos de mayor profundidad que fueron preparados para contener agua” Y eso significa que “coinciden con los diseños urbanísticos de la civilización Atlántica —según vemos descrito en el Critias de Platón—, de tal forma que se alternaban con espacios inter-fosos como anillos de tierra sobre los que se asentaban viviendas y otro tipo de edificaciones. De todos los poblados de recintos y fosos, solo el de Marroquíes Bajos parece haber tenido un diseño circular concéntrico casi perfecto, como si hubiera sido trazado al compás. Exactamente eso es lo que se dice de la capital de Atlantis en el mismo texto del Critias o el Atlántico”.
Y ahora vas y lo cuentas. Claro que como es en Jaén donde se oye, pues que, nada, que por un oído... y por otro...
Otra apreciación del Sr. Díaz-Montexano que debería ponernos los pelos como escarpias: “Si esta ciudad Calcolítica de Marroquíes Bajos hubiera sido hallada bajo las aguas del Atlántico, cerca de Cádiz o Huelva, o incluso bajo las arenas o marismas de Doñana, al igual que sucedió con Troya, nadie dudaría hoy en día, ni siquiera en las Universidades de mayor prestigio, de que se trataría de la misma ciudad que inspiró la leyenda histórica de la Atlántida” . La zona de “Marroquíes Bajos sería una capital del interior de la llanura Bética, una ciudad hermana de la metrópolis de Atlantis que estaría en el Atlántico. Puede incluso que Marroquíes Bajos, o la Primigenia Jaén, fuera la capital de alguno de los diez reinos de la Atlántida que se describen en el Critias, aunque no podamos saber cuál de ellos exactamente”.
Ya con solo leer semejantes afirmaciones le dan a uno ganas de sentirse “atlante” y de darle un abrazo de oso al amigo Georgeos sin pararse mucho a rumiar algunos comentarios descalificatorios al respecto. Que haberlos, haylos. Continúa nuestro “ángel custodio de la historia” afirmando que... “pobre del político, funcionario, científico o arqueólogo que intente oponerse a lo que el pueblo está exigiendo, que el sitio de Marroquíes Bajos sea definitivamente salvado de la especulación urbanística moderna y, acto seguido, reconvertido en un verdadero bien socio-cultural en un legado que debe ser conservado y trasmitido a las nuevas generaciones, con independencia de que haya tenido que ver, o no, con las bases históricas que dieron origen a la leyenda de la Atlántida”
Todo ello, claro, lo afirma porque no nos conoce. No sabe de la desidia que nos atenaza, de la desgana con que observamos lo nuestro, de ese “mirar hacia otro lado” que nos caracteriza. Como bien afirma Juan Espejo en su crónica, el único elemento que nos ha permitido poder seguir observando esos restos es, sola y exclusivamente, la falta de “dineros” –típica expresión jaenera- con los que levantar y construir sobre ellos. Por una vez habrá que bendecir la denostada crisis si nos ha permitido, al menos por un tiempo, poder disfrutar de estos recuerdos de nuestro pasado remoto.
Los viejos atlantes giennenses se habrán removido en sus olvidadas tumbas mientras sueñan con feroces excavadoras que revienten su paz y su legado. Pero el peligro persiste. Necesitamos saber que nuestros hijos, nietos o descendientes podrán acercarse a su propia historia asomándose a este yacimiento y que no quedará sepultado entre anodinas construcciones que, desde luego, no perdurarán.
Yo quiero ser un descendiente de los atlantes. ¿Y tú?
(Por cierto, quiero agradecer a Georgeos Díaz-Montexano, su amable mensaje relativo a mi anterior publicación sobre el tema)

sábado, 11 de marzo de 2017

Mi vieja Olivetti Valentine.

Hoy me ha dado por recordar mi vieja Olivetti Valentine. Un "fósil" que guardo como un tesoro aunque hace mucho tiempo que fue sustituida primero por una máquina eléctrica y luego por el ordenador. En realidad mientras fue mi instrumento de trabajo para los trabajos escolares y mis primeras incursiones en la docencia nunca la consideré una pieza de museo pero cuando la vi expuesta en un viaje a Nueva York en el  MOMA y también en el Museo de Artes decorativas de Madrid supe que aquel regalo de mis padres cuando acabé de aprender mecanografía en una sórdida academia de verano es un tesoro en toda la extensión de la palabra. La Valentine, como podéis ver en la foto que os adjunto, es un famoso modelo de máquina de escribir portátil lanzada por Olivetti por primera vez en 1969. A mi casa llegó en los primeros setenta aunque ni mis padres ni yo mismo sabíamos entonces que fue diseñada por Perry King y Ettore Sottsass y que acabaría convirtiéndose en un clásico en la industria del diseño.
Estos dos "padres de la criatura" decidieron que el diseño también debía ser sensual y excitante y para ello adoptaron para la maquina el color rojo de la bandera comunista, de la sangre y de la pasión.
Los carretes se ajustaban con unos vistosos botones de color naranja que contrastaban con la carcasa.
Todo un lujo que de vez en cuando desempolvo y admiro mientras me veo a mi mismo escribiendo en ella. Una vez me ofrecieron dinero por ella. Pero sigue conmigo.

Arriba el telón en Jaén.


Hubo un tiempo muy lejano en que, según se recuerda, las compañías de teatro de gira “por provincias” recalaban habitualmente en nuestro Jaén. Pero no lo hacían solo en época de feria o, posteriormente, en fechas en las que el festival de otoño era una joya que relucía en nuestros escenarios.

En aquel tiempo pudimos ver clásicos antiguos y modernos, de Moliere a Antonio Gala (Imborrable la memoria de su trilogía de la libertad en el viejo y añorado Asuán) por poner un mínimo ejemplo. Pero, ¿acaso ha desaparecido nuestra ciudad del mapa teatral de España? Se da la dolorosa circunstancia de que obras de renombre se han podido ver en Úbeda o Cazorla pero no en la capital. ¿De qué ha servido construir el Infanta Leonor? (Algo también muy discutible es el lugar donde se erigió, pero ese es otro tema).

Últimamente solo alguna compañía, que se diría perdida por esos caminos y que por eso apareció por aquí o algún musical de renombre se han acercado a nuestros “espacios escénicos” y hablo en plural por no despreciar al humilde Darymelia que vegeta alimentado por espectáculos familiares o certámenes infantiles.

Posiblemente se achacará a la famosa e irredenta crisis el hecho del total abandono teatral –y de otros aspectos de la cultura como el cine- en nuestra tierra. Y algo de razón puede que haya en tal afirmación pero sospecho que hay bastantes más circunstancias que impiden a Jaén estar en el circuito teatral a pesar de que las instalaciones del Infanta Leonor permitan montajes de todo tipo. ¿Se preocupan nuestros políticos de atraer esas propuestas teatrales? ¿A qué “maestro armero” hay que dirigirse para elevar nuestra más ardorosa protesta?

Y todo ello por no mencionar la venta de entradas. Por alguna extraña razón que se me escapa, rara vez se pueden adquirir las localidades por los canales de venta de internet y hay que hacer cola en taquilla llueva, nieve o haga calor al más añejo estilo “medieval” mientras confías en que quien te atiende elija por ti una buena ubicación.

Alcemos la voz aunque no sepamos ante quien.  Luchemos por situar a Jaén en la ruta de los escenarios teatrales. Que se levante el telón. Pero el nuestro.

El espíritu del Calatayud sigue entre nosotros.


 A pesar de los avatares, las historias, las pesadillas y alguna que otra piedrecilla en el camino, el espíritu del "Ramón Calatayud" vive. Y por él brindamos.

El "Ramón Calatayud" ¡¡¡Vive!!!


A lomos de un caballo imaginario

Cabalgando entre  libros y cuadernos

Marchan del Calatayud las huestes

En busca de horizontes sempiternos.



Calado el sombrero hasta las sienes

Abierta la sonrisa y la esperanza

Abrazamos el porvenir que, acaso,

Nos espera, feliz, en lontananza.



Del Calatayud guardamos buen recuerdo

Anotado entre las hojas sueltas

Que hacen crecer los calendarios

Como vientos allende las veletas.



Y seguiremos cabalgando, creciendo,

Viviendo y recordando

Una infancia que creció al amparo

De ese cole al que seguir queriendo.



Pedro A. López

Amar en tiempos difíciles: José y Dulce: unos padres entregados.


José López Hervás y Dulce Yera Romero.
“Amar en tiempos difíciles”

José y Dulce. Nuestros padres. Una pareja que hizo realidad esa especie de coletilla literaria de “amar en tiempos difíciles”. Un tiempo en que la emigración estaba a la orden del día si querías progresar, e incluso sobrevivir. Una época aquella de la mitad de los cincuenta en la que el horizonte no mostraba nada sólido a lo que aferrarse y había que lanzarse sin miedo a recorrerlo para hallar destellos de futuro.

José y Dulce, miembro él del muy antiguo y leal cuerpo de Camineros del Estado; esforzada ama de su casa  ella, siempre dispuesta a ahorrar una parte del exiguo estipendio que proporcionaba el cuidado de las famosas “cinco leguas” que cada caminero tenía a su cuidado para hacer florecer a su familia.

Del luminoso pero inerme sur al frío y húmedo norte. De su Mancha Real del alma a aquellas Vascongadas que parecían estar situadas más allá del fin de los mundos conocidos. De la cálida sombra de los olivos familiares al gélido amanecer norteño. Un cambio aterrador y, sin embargo, germen de esperanza.

Vidas de trabajo sin límite, de penurias económicas, de anhelos geográficos y de llantinas al hilo de las canciones de una radio comprada con esfuerzo y que se convertía en ventana o mejor, en tobogán, para deslizarse hacia abajo, hacia el propio terruño que se imaginaba más allá del Jaizquibel o de las inmundas riberas del Oria.

José y Dulce arañaron poco a poco el ímpetu y las pesetas  necesarias para volver al Sur. Marcharon con un bebé de apenas meses y volvieron con un chaval preadolescente y otro bebé al que apenas dio tiempo a desarrollar ningún gen vasco y que se sumergió enseguida en la acogedora calina sureña.

Añoraban el sur cuando la nieve cubría sus recuerdos y recordaban el norte cuando se asentaron de nuevo en sus esencias mientras él seguía cuidando leguas, caminos y carreteras nacionales y ella se dedicaba a nosotros como si nada más importara a su alrededor. Hoy, cuando ya descansan en esa tierra a la que tanto echaron en falta, aquel pasado que los hizo fuertes sobrevuela aun nuestra existencia. Sé que allá en los astrales senderos de las buenas personas, él sigue velando por sus cinco leguas de cielo y por nuestros pasos aquí abajo. Ella, como siempre, nos dedica su amplia sonrisa a cada instante, nos aprieta fuerte en su regazo y hay momentos del día en que aun podemos aspirar ese aroma que desprendía y que hacía honor a su nombre.

José y Dulce, allá donde estáis sé que no perdéis detalle de nuestras aventuras cotidianas, que vuestra mano, vuestros ojos, se aprestan a obviarnos obstáculos y a impulsar soluciones que limen algunos de nuestros problemas. Y nosotros, los que os quisimos y os seguimos queriendo y recordando, os agradecemos día a día ese esfuerzo con el que conseguisteis levantar alta la cabeza y cimentar lo que ahora somos. Gracias, papá. Gracias, mamá. Volveremos a vernos.

Un director "de ley": Fernando Redrao.


¿Cómo quedan las aulas cuando quien las ha querido debe abandonarlas? ¿Qué recuerdo queda prendido en las miradas ansiosas de crecer de un grupo de niños y niñas cuando hemos de decirles adiós?

¿Qué sienten quienes han estado “a las órdenes” de alguien que siempre ha destacado por su apoyo incondicional a las propuestas presentadas y su proverbial sentido del deber?

Preguntas todas ellas que me asaltan cuando la noticia de la jubilación de mi buen compañero, director y amigo Fernando Redrao me llena de esa desazón que conozco tan en carne viva desde que el zarpazo miasténico me obligó a dejar la enseñanza.

Fernando, siguiendo la estela de Antonio Parras, su antecesor, cogió la antorcha rayudiana (“Palabro” derivado del nombre del centro escolar “Ramón Calatayud” y que se usó para titular la revista RAYUD cuya dirección tuve el honor de desarrollar) y ha recorrido con ella senderos a veces tortuosos pero siempre con el espíritu a flor de piel y la mano tendida hacia niños, familias y compañeros. Ahora, cuando cede el paso y se retira a sus cuarteles de ese invierno que a todos nos sobreviene, no tengo por menos que decirle, aunque sé que lo sabe, que me siento muy orgulloso de haber pertenecido a sus “huestes”, de haber compartido aulas, patios, despachos, confidencias, currículos, memorias, artículos, sonrisas y abrazos con alguien como él.

Don Fernando,  aun en su puesto directivo, nunca ha dejado de ser ese tradicional maestro a quien los niños quieren. Alguien que, desde su faceta deportiva, ha arrasado en campeonatos, obtenido galardones y respirado el aire libre compartiendo pulmones y pulso con los chavales que corrían a su alrededor y que, seguro, llevan una parte de él en el rincón más festivo de su memoria infantil.

Los últimos tiempos, enredados por burocracias, desencuentros oficiales y  alguna que otra lacerante deslealtad no pueden teñir de olvido su labor y obviar su apoyo a iniciativas de las que abren el aula a otras realidades, su siempre perenne ardor diligente y ese impulso que siempre sentí siendo maestro a su lado.

Gracias, Fernando, por tu dedicación, tu esfuerzo y tu trabajo. Sabes que se te quiere.

domingo, 26 de julio de 2015

Pregón de las fiestas de NUESTRO PADRE JESÚS de Jabalquinto 2015.


Ayer, 25 de julio, tuve el honor de ser el pregonero de las fiestas de Nuestro Padre Jesús de Jabalquinto. El reencuentro con antiguos alumnos, con sus familias, con el pueblo donde desarrollé mi labor docente durante más de veinte años fue verdaderamente emocionante. Esos momentos, esos abrazos, ese afecto, me hicieron por un lado volver a sentirme "maestro" y por otro me rejuvenecieron hasta aquel tiempo en que las aulas de Jabalquinto fueron mi segundo hogar. A modo de homenaje, este es el texto del pregón de las fiestas 2015:


 


      PREGÓN FIESTAS NUESTRO PADRE JESÚS. JABALQUINTO 2015.

Pedro Antonio López Yera

Buenas noches a todos y a todas. Creo que es obligado comenzar agradeciendo a vuestro alcalde, a mi antiguo alumno Pedro a quien creo poder llamar amigo y a su corporación municipal, el haber pensado en mi como pregonero de estas fiestas de 2015.

Ayer podíamos ver en la última página de Diario JAÉN un titular que decía que Jabalquinto es un lugar al que siempre volver. Eran palabras de un antiguo alumno, Juan Pedro García Lérida, hijo de Manuel, el Herrero, el del Taller, que fue protagonista de unos versillos que le dediqué. Esa frase me viene como anillo al dedo para comenzar. Volver es un verbo que suena a Tango, a canción triste por cuanto implica que uno se ha ido previamente. Pero trae también la enérgica sacudida del reencuentro. En mi caso, obviamente no he nacido aquí aunque sí que pasé veintitantos años compartiendo aula con vosotros, con ustedes. Con muchos de los que hoy estáis aquí he vivido no solamente las escaramuzas propias del aprender día a día en una escuela  –palabra que me gusta mucho más que la de colegio- sino, al menos eso quiero pensar, también  las de ir abriéndose camino en una asignatura que nunca aparece en los programas escolares pero que es la más importante que tanto el alumno como el maestro deben desarrollar. Esa materia es nada más y nada menos que Aprender a vivir.

Cuando Pedro se puso en contacto conmigo para ofrecerme este inmenso honor, me comentó que haber intentado que la sociedad jabalquinteña avance en sus principios y valores era uno de los puntos principales a tener en cuenta a la hora de ofrecer este, llamémosle cargo, a las personas que podrían desempeñarlo.          

Ni que decir tiene que la actividad de un enseñante, de un maestro, siempre está relacionada con esa labor, con ese intento de que quienes son en un momento niños y niñas ansiosos de aprender y crecer lo hagan con la mirada puesta en crear una sociedad más justa, libre, crítica e inmersa en unos valores de responsabilidad y apertura de miras.

Pensar que en algo, en una mínima proporción, mi modesto aporte a que Jabalquinto haya avanzado en esa dirección haya tenido un éxito que me apresuro a compartir con mis compañeros docentes de entonces y de ahora mismo, algunos de los cuales nos acompañan hoy, es algo que me llena de íntima satisfacción ya que ¿Cuál si no es el objetivo principal de nuestra labor como maestros?

Se dice que Einstein dijo una vez: “Sincronízate con la frecuencia de la realidad que quieres y no podrás hacer otra cosa que conseguirla”. Quiero pensar que eso es lo que siempre intenté en mi labor docente. Si lo conseguí o no es a mis alumnos, a sus familias, a quienes vivieron aquellos momentos, a quienes toca opinar. Pero mi intención siempre fue abrir las puertas y las ventanas a los vientos de la realidad. Si para eso había que viajar, escapar del aula grabando videos, películas, participar en proyectos y certámenes, hacerse periodistas, ser todos uno, niños y maestro, por ahí quise encontrar el camino para crecer, para ser, para avanzar.

Hoy, cuando las redes sociales me han ofrecido  “ser amigo” de muchos de aquellos chavales jabalquinteños con los que fui creciendo también yo desde 1981, me he vuelto a mirar en sus ojos, esta vez no en directo sino en sus fotos de facebook y me he sentido de nuevo como si abriera la puerta del aula una mañana  cualquiera y todos entraran otra vez para ver qué podíamos aprender hoy, quizá por encima del tema que tocara en el libro.

Hace apenas unos días fue mi cumpleaños y he de reconocer que muchos de esos “niños y niñas” a los que acabo de mencionar me emocionaron. Algunos con unas palabras de recuerdo, otras de ánimo y todos, sin excepción, mostrándome un cariño, un afecto que me hizo sentir, sinceramente, querido. Cuando uno se dedica a lo que es su oficio, al que eligió en un momento de su vida,  con el empeño y la entrega que esa vocación merece, enseñar en mi caso, nunca piensa en si se reconocerá o no su labor. Sencillamente procura que cada día, cada clase, cada pequeña aventura del aula tenga el objetivo justo, la proyección necesaria, la devoción casi,  y todo ello, como bien decía Chateau y otros pedagogos, con amor. El maestro debe querer a sus alumnos y seguramente eso produzca una corriente similar en ellos. Educar es, en esencia, querer. Si conseguimos eso entre todos aquellos que compartimos aula, todo lo demás vendrá casi solo. Y todas esas llamadas y mensajes de felicitación me dejaron la sensación de que fuimos por buen camino.
 
Decía Frost, en una afirmación que me gusta repetir, que él no se consideraba maestro, sino despertador. Y, en el fondo, qué sino eso hacemos los maestros? Despertar en quienes nos acompañan las ganas de saber más, de ser mejores, de crecer sabiendo en qué apoyar los pasos que nos harán alcanzar el futuro. Enseñar escapa a la mera transmisión de conocimientos, aunque no hemos de obviar la importancia de tener presente nuestro pasado y nuestra actualidad como civilización. Enseñar y aprender están tan unidos que es complicado marcar la evanescente línea que los separa.                    

Hay otra frase famosa que se refiere a esa labor nuestra. No está muy claro su autor, aunque suele atribuirse a Benjamín Franklin: "Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados". Pues bien, me declaro ahora mismo loco. Loco por intentar cada día que la escuela no fuera un mero camino lleno de ejercicios, cuadernillos y pizarras. Loco por llevar el nombre de Jabalquinto por esos mundos de Dios. Y no es una figura literaria. Podría contar mil y una anécdotas de aquellos niños y niñas de los años ochenta y noventa en sus correrías nacionales e  “internacionales”. Pasaportes cambiados de maleta que impedían salir de Francia si no aparecían, por ejemplo, o el episodio de una niña que se dio la vuelta y nos perdió junto al Centro Pompidou en Paris y al acudir a uno de los gendarmes tuvo la ocurrencia de decirle… Ayúdeme, señor, soy de Jabalquinto.  De la cara de aquel hombre no debieron quedar fotos pero seguro que fue de antología.

 En otra ocasión en la que cierta Alumna de nombre Mari Carmen decidió tomar otro camino dentro de El Corte Inglés de Princesa en Madrid, el nombre de Jabalquinto sonó por la megafonía para asombro de los clientes del establecimiento. Susto que acabó en abrazo enjugado con alguna lágrima de tensa emoción. Nuestras andanzas diurnas y nocturnas por “todo lo largo y ancho” que nos permitían los viajes de fin de curso o los premios que conseguíamos darían para mucho y no parece que este sea el mejor momento para entregarnos a la nostalgia del recuerdo.

Decía Oscar Wilde que la mejor manera de que un niño aprenda es hacerlo feliz. Quiero creer que en aquellos años y con los matices que sean necesarios, todos fuimos felices. Si. También yo.                       

Y si, como dijo alguien, “Los discípulos son la biografía del maestro” espero que la mía, confeccionada en la mayor parte por chavales de este pueblo, tenga esa chispa que me haga sentir que no fracasé del todo y que lo que más me ha llenado en la vida, ser maestro, haya servido para algo.

Recorrimos España de norte a sur, atravesamos fronteras e inundamos Francia, Bélgica y Holanda, fundamos la revista escolar decana de toda la provincia y una de las más longevas del país, ganamos premios autonómicos y nacionales, escribimos libros, removimos y escarbamos en la historia del pueblo, fuimos la avanzadilla de otra manera de hacer las cosas y que se ha ido desarrollando y perfeccionando después en las manos de mis queridos compañeros. Jabalquinto empezó a sonar en los medios de comunicación con noticias de calado y desde este querido altozano intentamos esparcir nuestra alegría por saber, por aprender, por mejorar… Por cierto que no puedo nombrar la revista del colegio sin recordar emocionadamente a D. Manuel Gallego, maestro y director en aquel lejano comienzo de los años ochenta en que me asomé por primera vez a Jabalquinto. Él, que nos ha precedido ya en el cielo de los buenos maestros y de las excelentes personas, estaría contento de vernos hoy aquí y nos bendeciría como sólo él sabía hacer.

Al fin y al cabo, ser maestro implica ser un modelo de vida y ofrecerlo y D. Manuel así lo hacía.  Henry Adams dijo que “ser maestro afecta a la eternidad, nunca se sabe dónde termina su influencia”. Suena quizá muy fuerte pero es así, y perdón por el orgullo de sentirlo de ese modo.  

Hace casi veinte años escribí unas reflexiones que aparecieron en el programa de fiestas de 1998. Se titulaban NIÑOS, LA FERIA DEL FUTURO. Como si de una premonición se tratara, en uno                 

de los párrafos decía: “La semilla del futuro ya está floreciendo. Los que harán el Jabalquinto del futuro están ya en el candelero. Aquellos que nos sustituirán están demostrando que son capaces de ello. Alegrémonos. (…) Hay que renacer en aquellos a quienes hemos dado la vida. Ellos nos la harán mejor. Estemos seguros”

Y la causa de este florecimiento era, según mis apreciaciones de entonces, que “Nuestros niños y niñas tienen  cada vez más oportunidades de ser y de saber. Les estamos educando en la diversidad, en la tolerancia, en los más vigorosos valores democráticos. Nuestros niños, los hijos e hijas de Jabalquinto son cantera de futuro, banquillo de próximas jugadas…”

Han pasado los años y estoy seguro de que aquella generación que ahora es quien tiene a su cargo nuestro pueblo  –perdonad si me hago jabalquinteño aunque sea en espíritu- se apropió fuertemente de esos valores y los proclaman cada día. Si una semilla, por pequeña que sea, germinó desde nuestras aulas, algún valor tuvo el esfuerzo de todos. No solo los alumnos aprenden de los maestros. Los maestros recolectamos cada día lo que nuestros chavales nos aportan. Y ese es el entramado real de la educación, un crecer hacia adelante, un estar convencido de que Jabalquinto merece toda la dedicación de que seamos capaces. Tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre, como bien decía Kant.  El hombre no es más que lo que la educación hace de él. Y los pueblos son lo que la educación de sus hijos hace de ellos.

Pero dejemos de hablar de escuela, de educación y de pasado. Hoy toca anunciar la feria, ese emocionante paso de calendario en el que todos nos sentimos un poco más tocados por el alegre sortilegio de la camaradería, la amistad y el reencuentro. El calor de este verano tórrido que soportamos tendrá unos momentos de pausa  mientras los toreamos oliendo a churros mañaneros, a fino, a tapas golosas o a cerveza helada que tizne de olvido gargantas y cabezas. Dejaremos de pensar por unos días en los pequeños problemas, en los golpes de un momento difícil para dejarnos llevar, como si de nuevo fuéramos niños, por la senda trillada del tiovivo.

En 1996, -también ha llovido desde entonces- en otro “a modo de pregón” escribí que “desde ese palco de primera que seguro tienen ahí arriba, nos sonríen Juan de Benavides, Lucas de Iranzo, los Benavente y tantos otros personajes que alguna vez, allende los siglos, pisaron nuestro Jabalquinto y observan las caras conocidas de quienes disfrutan de la fiesta mientras comentan mil y un detalles de sus vidas. Es el tiempo que pasea. Es la feria que todo lo envuelve…”

Los tiempos festivos siempre han sido el mejor momento para pararse un instante y mirar hacia atrás y hacia adelante. En la feria se reúnen de nuevo con nosotros aquellos que se fueron, regresan por unos días y se crea la ilusión de que quizá nunca se fueron o nunca se volverán a ir. La feria, ya lo he dicho antes, nos hace volver a ser niños y niñas pero también nos recuerda que la vida sigue, que al día siguiente todo será de nuevo un escalón más de ese futuro que nos espera a la vuelta de la esquina.  La feria nos hace aunar realidades y sentimientos. Decía Joan Margarit, el poeta, que nuestras emociones, nuestras querencias no solo están unidas a nuestros recuerdos, a nuestra historia, sino también a nuestra geografía.

Tenemos la suerte de tener un pueblo de silueta fácilmente reconocible recortada en el horizonte.                                                  
Estamos sobre un altozano, una colina, un cerro, elevados sobre el paisaje a punto de alcanzar los cielos. Eso nos hace visibles desde muchos kilómetros  a la redonda y hasta ha dado lugar a refranes y dichos populares como el archiconocido “Andar, andar y Jabalquinto a la par”. Estas palabras, y perdón por el inciso personal, me recuerdan también a mi abuelo Pablo ya tocado por el inmisericorde zarpazo de la memoria perdida. Siempre que volvía a verme me preguntaba una y otra vez, casi en un bucle tierno y esforzado que ¿Dónde daba escuela? (Una expresión ya en desuso) Y al responderle que en Jabalquinto, él desgranaba como si lo sacara de sus más profundos recuerdos el Andar, andar y Jabalquinto a la par para treinta segundos después volver a preguntármelo.

Esa posición geográfica envidiable hace que con solo divisar el pueblo se sienta uno ya partícipe de su existencia y brote la conciencia casi tribal de pertenecer a su esencia más atávica. Cuántas veces, a la vuelta de alguna de las muchas escapadas que hicimos con los alumnos, cuando el serpenteo del autobús nos iba acercando ya a casa de nuevo, el más lejano vislumbre de la recordada visión del pueblo hacía explotar gritos de alegría en todos mientras el paisaje se hacía más cercano y todo Jabalquinto se hacía más grande físicamente al ir avanzando en el camino y también dentro de cada uno dando igual si veníamos de una granja escuela a apenas cincuenta kilómetros o de centro-Europa. Volver a casa siempre ha sido algo que nos llena de íntimas satisfacciones. Y eso es lo que sucede en tiempos de feria.

 Eso sí, hay algunos que solo pueden volver dentro de nuestro recuerdo. Siguen viviendo aposentados en nuestras neuronas e interaccionan con nosotros cuando los traemos al pensamiento.     

Cada familia tiene los suyos, los que nos precedieron al marchar, y a ellos dedican su recuerdo. Permitidme que, como si de un padre se tratara, dedique unas palabras a esos alumnos y alumnas jabalquinteños que abandonaron las aulas para siempre. Niños y niñas a los que hemos visto partir en esa edad en la que lo más lógico es crecer y vivir. Parece que veo sentados en sus mesas a Alonso, a Manuel Fernández, a Isabel Lérida, a Juan López, a Pedro Martínez, a Martín Zambrana, a Antonio Rodríguez o a Manuel Jesús Nájera.

Espero que mencionarlos no atraiga la lágrima del recuerdo ni el desconsuelo de la ausencia sino, por el contrario, la alegría de saberlos asomados al balcón celeste de las buenos chavales, ese sitio desde el que aplauden nuestro día a día y desde el que sabemos que siguen nuestros pasos infundiéndonos esa paz que nos inunda cuando los pensamos. La vida tiene altibajos y nos va tocando colocarnos en una u otra parte de la línea según extraños designios que se nos antojan incomprensibles la mayor parte de las veces. Pero la vida sigue, impertérrita, dispuesta a alcanzarnos, como el tiempo, como el calendario que deshoja sus páginas mientras circulamos a su alrededor.

Y, como posiblemente ellos desearían, hay que continuar. Dicen que  Shakespeare solía decir que “si todo el año fuese fiesta, divertirse sería más aburrido que trabajar”. No sé si estaremos de acuerdo o no con esta afirmación. De lo que no me queda duda es de las ganas con que nos enfrentamos todos los años a la fiesta, a la feria, al ánimo de sacar del armario nuestras mejores galas y a lanzarnos a la caza de la cerveza helada, la música de la caseta, el trasnoche al hilo del tiovivo…

Permitidme que recree unos versos del libro que dediqué a Jabalquinto. Concretamente los que hablan de la feria:                   

Huele la feria a algodón dulce.

A polvo removido.

A cariño y alegría.

Dan vueltas los caballitos del tiovivo

Y nuestros corazones.

La noria nos sube y nos deja caer.

La niña, llorando, no quiere montar.

Vinillo y chorizo. Cerveza y jamón.

 ¡Cómo está la feria con este calor!

Altas las canciones. Hay un altavoz.

Rumbas, Sevillanas,

Casetas en flor.

Se apagan los ruidos. Se escucha un tambor.

Va a pasar ahora nuestra procesión.

Pasa el Nazareno.

¡Ay, cuánta emoción!

Mi abuelita llora. Le “tié” devoción…

 
En la feria se unen sentimientos de alegría por el reencuentro con ese toque que da el enfrentarse a Nuestro Padre Jesús como motor de la fiesta. Quizá la feria es el punto de unión entre la laica exaltación de lo festivo y el entusiasmo religioso de ese punto íntimo al que nos aferramos independientemente de nuestras ideas cotidianas.  Cuando mañana, bajo el sol del mediodía, la egregia figura de nuestro patrón salga a recorrer las calles, una sensación de serena esperanza se apoderará de todos aquellos que presencien su paso y también de quienes, aun no estando presentes, participan interiormente de esa conexión que les une con la esencia de lo que representa.  Dejadme que, en un verso más, ya sabéis que la poesía es mi arma preferida, recuerde lo que un día escribí sobre Nuestro Padre Jesús:            

 
Dicen tus ojos de paz y de perdón,

Mientras pétalos de sangre llenan tus mejillas.

Cansado gesto arrastras en tu trono

Cruz en ristre, ajena pesadilla.

Sé que me miras cuando pasas

Y en mi memoria lees cuanto ella guarda.

Y por tanto sabes de mi confianza

En tu cobijo fiel, firma esperanza…

 
Cuando el patrón recorre nuestras calles, la procesión tiene dos ámbitos. Ya lo dice el refrán: la procesión también va por dentro, por esos recovecos que nos llenan cerebro, corazón y mente. Queremos ser libres, felices, boyantes, prósperos, amados en el lenguaje cotidiano y, seguramente, bienaventurados. ¡Qué bella conjunción de deseos!

 
Pero las palabras están siendo muchas y lo que prima en un pregón es la llamada a la fiesta. Jabalquinto está presto a ser, sentirse y saberse tocado por la varita mágica de la feria. La luz del crepúsculo se tiñe de más colores, como de nuevas guirnaldas, que  quisieran unirse a las celebraciones. Este pregonero, que se enorgullece de tener alguna pizca de jabalquinteño en su ADN, al menos por aquello de que el roce hace el cariño, quiere despedirse ya para dejar paso al regocijo de la diversión. Y lo hace, lo hago, con un verso final.

 
Miro atrás y sigo divisando,

Jabalquinto, tu nombre en la distancia.

Miro dentro, mi pueblo, amigo mío,

Y te siento en mis venas navegando.

                                                                                                                
Cierto. Pero no me hace falta mirar hacia atrás. Hoy, como si de un extraño encantamiento se tratara, me habéis dado la oportunidad de sentirme maestro de nuevo. He dejado escondida en un rincón esa mala salud que me hizo dejar la escuela y, gracias a todos y cada uno de vosotros, he rejuvenecido aunque las canas se empeñen en recordarme que las manecillas del reloj nunca se detienen. Hoy, repito, he vuelto “a casa” con los míos, con vosotros. Parafraseando de nuevo a Juan Pedro, como al principio, diré que Jabalquinto es un lugar al que volver. Aquí estoy. Espero que esta ocasión sea solo un nuevo comienzo. Gracias por hacerme sentir uno más entre vosotros. Siempre podréis contar conmigo.

 
Y ya termino. Gracias a todos y a todas por vuestra amable atención. A los que han venido y a los que no han podido estar. A mis antiguos alumnos y alumnas, a sus familias, a los jabalquinteños y jabalquinteñas que me recuerdan y a los que no me conocían, a mis compañeros docentes, a las autoridades y fuerzas “vivas” presentes…

 Como decía una canción, ya solo queda “un beso, un abrazo, unas fotos y un adiós”.  ¿Unas fotos? Si. Eso no lo decía la canción pero me he permitido rebuscar en el viejo baúl de los recuerdos hasta encontrar esta pequeña colección de imágenes en las que todos éramos jóvenes. Unos niños, otros algo menos, pero todos, todos, si nos damos cuenta teníamos en los ojos el brillo de un futuro que, hoy, precisamente hoy, ya es presente. Muchas gracias y vamos a verlas…

Pedro A. López Yera. Pregón Jabalquinto 25 de julio 2015.

 

 

                                                                                                             

viernes, 3 de abril de 2015

Homenaje a los Camineros y en especial a mi padre, José López Hervás.


                                              Camineros al mando de mi padre, José López Hervás, Capataz de Cuadrilla, en 1966 cerca de Tolosa (Guipúzcoa) 
Cuando ya la majestuosa Falla de Mancha Real de este año se ha convertido en ceniza de recuerdo, retomo uno de los aspectos que traté en el pregón de esa celebración y que tan amablemente me encargó la Asociación San José.
Se trata de una profesión, la de mi padre y muchos de mis tíos, a la que traté de homenajear en mis palabras como recuerdo a todos aquellos mancharrealeños que tuvieron que salir de su tierra en los difíciles cincuenta y sesenta del siglo pasado en busca de mejores horizontes. Eran Camineros. Sí. Un oficio ya extinto y, en palabras de algunos de los asistentes al acto, desconocido.
 
Los Camineros, -ya solo el nombre es evocador y nos lleva a mundos casi imaginados- eran obreros, peones, del Estado cuya función era, precisamente, cuidar de los caminos, de las carreteras. En principio, cuando en 1759  reinando Fernando VI fueron creados, tenían a su cargo una legua en la que debían estar al tanto de los desperfectos que en el camino ocasionaran los carruajes, cuidar cunetas e incluso el arbolado que los flanqueaba. Incluso tenían cierta autoridad sobre las “personas de mal vivir” estando entre sus atribuciones el denunciarles en caso necesario.

Mi padre tras "limpiar" parte de su "legua" es recibido en casa por mi madre, Dulce Yera y por mi. 1959. Casa de Camineros de Deskarga.
 
Poco a poco los tiempos, y los caminos, fueron cambiando pero la responsabilidad del Caminero seguían siendo sus cinco kilómetros  asignados en mitad de los cuales, y aquí aparece otro de los puntales de la “leyenda caminera”, estaba la famosa Casilla en la que vivían junto con su familia.
Casillas de Caminero existieron muchas a lo largo y ancho de nuestra geografía. Actualmente la mayoría fueron demolidas, están abandonadas o han sido fagocitadas por las administraciones para hacer centros sociales, puestos sanitarios o se han vendido a particulares.

 
Mis padres conmigo en la puerta de la Casilla de Caminero del Alto de Deskarga (Guipúzcoa) 1958
 
Prácticamente toda mi vida “de soltero” ha transcurrido primero en una Casilla de Caminero, y luego en distintas viviendas del Ministerio de Obras Públicas adscritas a su personal. Mi padre, José López Hervás, empezó su trayectoria laboral en un empleo público en el puesto de Caminero del Puerto de Deskarga, cerca de Zumárraga en Guipúzcoa allá por 1958 cuando yo apenas tenía algunos meses. Una casilla en la que permanecimos casi tres años y a la que pertenecen mis primeros recuerdos. Un entorno idílico en plena montaña, rodeados de una especie de bar de carretera y de distintos caseríos en uno de los cuales, Nicasia –una anciana vecina- me guardaba la leche recién ordeñada y siempre de la misma vaca. Eran tiempos difíciles y complicados en la que la economía familiar, que apenas daba para el sustento, se complementaba con los productos de un pequeño huerto trasero.
 
Yo mismo en otra vista de la Casilla de Deskarga (1959)


Mi tío, Juan Antonio Yera, Caminero en Villabona, con mi primo Pablo Yera, en una visita a Deskarga.
La carretera para llegar al Puerto era de tal extrema complicación que los autobuses de línea debían hacer varias maniobras en las vertiginosas curvas que la formaban. Ese es uno de los primeros recuerdos que guardo de aquel tiempo.


El Alto de Deskarga en la actualidad según Google Maps.


En un intento de mejorar la situación familiar, mi padre solicitó el traslado a Tolosa, ciudad industrial con varias empresas  papeleras y una que para mi infantil concepción era muy exótica: la factoría de boinas Elósegui.
Nuestra nueva vivienda, un bloque de arquitectura típica de la zona, estaba sobre los talleres de Obras Públicas, lugar que fue escenario de mis aventuras infantiles subiendo y bajando a los viejos camiones ya en desuso o a las apisonadoras antiguas que tenían una cabina con ventanas de celosía desde la que podía conquistar nuevos mundos. Los vecinos, Ambrosia y José Miguel Lesaka en el piso de enfrente y Josefa y Benito Inza en el de abajo fueron nuestros embajadores en aquel Euskadi incipiente del que tardamos casi diez años en abandonar para regresar a Andalucía.


Vista de la casa de Obras Públicas de Santa Lucía (Tolosa) con los Talleres en el Bajo. En el balcón arriba a la izquierda, mi madre conmigo y con mi hermana. (1966)

Estando ya asentados en este pueblo a orillas del Oria, con su ponzoña maloliente de las papeleras, mi padre se apuntó a un curso en Madrid, en la Escuela de Capacitación Social. Un episodio que tendría mucha importancia en su desarrollo digamos “cultural”. Visitas a la Capital, al Valle de los Caídos, a los Museos, al Escorial, a Toledo, abrieron sus horizontes y las charlas recibidas dejaron huella en aquel hombre que no pudo en su juventud cultivarse todo lo que hubiera querido (Recuerdo como contaba su afán por saber apuntándose a escuelas nocturnas cuando volvía de los cortijos).
Volvió de aquel cursillo con una suscripción a la entonces llamada “Biblioteca circulante” en la que los pedidos llegaban por correo. La casa se llenó desde entonces de libros de arte, de grandes clásicos y de obras diversas de las que daba pena tener que desprenderse para devolverlas. Quizá de ahí mi espíritu de viejo ratón de Biblioteca y mi ánimo por atesorar libros de toda clase y condición.

Imagen de los alumnos del Curso de Capacitación Social en Madrid, 1.965 aprox. Mi padre, José López Hervás, está en la tercera fila empezando por abajo, el sexto por la derecha, en el centro de la foto.
Pero eso no es todo.  Mi padre volvió con un puñado de libros en la maleta. Algunos eran guías turísticas de lo que había disfrutado en Madrid y alrededores pero había uno que me marcó para siempre. Nunca he olvidado su título y el nombre de su autor: Reloj de Arena, de Pragmacio  Salgado.


Vista de una de las visitas turísticas del grupo de  Camineros del  Curso de Capacitación Social, en este caso al Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Mi padre es el primero por la derecha.

Durante muchos años he llevado dentro la curiosidad de saber la causa de su elección. Lógicamente mi padre no tenía cultura poética pero allí estaba: un libro de poesía en su “mochila”. Luego, investigando, descubrí que el tal Salgado era el director de la Escuela de Capacitación Social y que, posiblemente, ofreció a los alumnos del curso algunas de sus obras, pero eso no sustrae mérito alguno al “regalo” que mi padre me hizo con aquel libro. Durante años fue el único libro de poesía de nuestra biblioteca y hasta tuvo el honor de ser el sujeto del primer comentario de texto que hice allá por sexto de Bachiller, para pasmo del profesor, que era Julio Artillo, luego cargo socialista de la Junta, que no conocía al autor.
Pragmacio Salgado, director de la Escuela y autor del libro de RELOJ DE ARENA que luego influiría en mi "carrera" por llamarlo de algún modo.

Más recuerdos se me amontonan, la escuela de Santa Lucía con la señorita Purificación Iturrioz y mis primeros pasos en el conocimiento, mis amigos los hermanos Zabala, hijos del encargado del Matadero cercano, Juan de Dios, el hijo de la Matrona que vivía frente a nuestra casa cruzando la Nacional I, José Miguel, el nieto de Ambrosi, las monjitas de la Clínica donde me vacunaban, a dos pasos de casa y donde nacería mi hermana a escasos meses de nuestro regreso, los domingos en los Corazonistas con pastelito a la salida, los fastuosos carnavales de Tolosa, el añorado Cine Leidor donde vi mis primeras grandes producciones, el cine Igarrondo con sus pelis de sábado tarde repletas de romanos, el galinero del Gorriti, teatro venido a menos, el vinatero que nos servía el vino a granel, la catequesis con el padre José Antonio, el quiosco de la plaza que me surtía cada domingo del nuevo ejemplar de Pulgarcito y de unos sobres sorpresa que solían tener versiones reducidas de los cuentos de Calleja…

Mis amigos de la infancia "tolosarra", de izquierda a derecha, Juan de Dios Cordero, Nicolás y Juan José Zabala.
 
Los niños y las niñas de la Escuela de Santa Lucía de Tolosa en 1.961. Estoy en la parte derecha, el tercero de la primera fila sentados.
 
Y otros relacionados con los Camineros… el Celador Zaldúa con su casa oficial junto al Oria frente al puente, las tardes haciendo “control” mientras mi padre descansaba, (el control consistía en apuntar en unos estadillos todos los vehículos que pasaban por aquel punto de la Nacional I, turismos, camiones, autobuses, motos), los días de paga, en que ayudaba a mi padre a rellenar los sobres de los componentes de su cuadrilla con sus exiguas nóminas, los juegos con Lesaka cuando le tocaba ser el cocinero en algunas ocasiones en que los trabajos de la cuadrilla eran cerca, las idas y venidas con mi primo Pablo,  las visitas de las Casillas de amigos y compañeros como la de “Pepe, el del Vivero”…

 
Una visita festiva a la Casa de Camineros del Vivero de la Carretera de Granada, para nosotros la de "Pepe el del Vivero". Mi padre sostiene a mi hermana y al hijo de Pepe, que se ve asomar la cabeza. Mi madre está en la puerta. Pueden observarse los carteles anunciando el kilometraje en la fachada, algo típico en las Casillas de Camineros.
 
 
Mientras, mis tíos habían emprendido caminos similares. Uno de ellos, Juan Antonio Yera, se aposentó en Villabona, Manuel Sánchez en Azcoitia, Rafael Gómez en Vidrera (Girona), Juan María Yera en Bailén… Otros, como mi primo Luis Hervás, en Beasain, todos con su escarapela de Caminero y su “legua” para conservar. Con el tiempo regresaron a Jaén, pero la impronta de su paso por aquellos lejanos caminos se ha conservado hasta ahora.
 
Grupo de Camineros en Vidrera (Girona) a mitad de los años sesenta. Mi tío Rafael Gómez es el primero de pie por la izquierda, vestido de oscuro. A sus pies, mi primo Bartolomé Gómez.


Otra imagen familiar. Mis tíos, Rafael y Ana, con mi primo Bartolomé en la puerta de las viviendas de Camineros de Vidrera (Gerona) Mediados de los sesenta.

Ya de regreso a Jaén nuestra casa fueron de nuevo las Viviendas de Obras Públicas de la Avenida de Madrid, frente a los Talleres del Ministerio, luego de la Junta de Andalucía. Veintitantos años de mi vida han transcurrido en Casillas o Pisos de Caminero así que mi homenaje es sentido y emocionado. Mi aplauso a todos aquellos esforzados obreros que, a pie al principio y en camiones después, recorrieron los caminos que llevan y traen a los viajeros que, normalmente, no reparan en quienes velaron por su buen estado. Y en especial a mi padre y a mi madre, Dulcenombre Yera, su compañera incansable en tiempos duros y otros más apacibles. Ellos encarnan para mí el verdadero espíritu de aquel Caminero solitario en su trozo de camino, bajo el cielo de las noches en las que una lágrima recordaba la lejanía de su tierra y de sus seres queridos. Gracias, papá, Gracias, mamá.


Vista del antiguo vivero de Obras Públicas en Jaén,  junto a la Avenida de Madrid, donde se construyeron viviendas para Camineros y para Funcionarios del MOPU.


Bloque de viviendas para Camineros de la Avenida de Madrid, en Jaén. Hoy desafectados.

Mi primo Pablo Gómez a mediados de los setenta en las viviendas para Camineros de la Avd. de Madrid. Jaén.
 
 
Hoy, el cuerpo de Camineros ha desaparecido y aquella labor que realizaban, también. Son ahora equipos de Conservación los que recorren las carreteras a la busca y captura del bache perdido o de la señal desmejorada. Obviamente la calidad de vida ha mejorado y probablemente el estado de las carreteras también, pero no podemos olvidar a aquellos camineros y a sus familias, que se dejaron la vida legua a legua haciendo el verso de Machado realidad. Ellos sí que hacían camino al andar...
En homenaje a José López Hervás y Dulce Yera Romero. Mis padres.