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miércoles, 4 de diciembre de 2024

Un QUIJOTE "en negro"

 Hace unos días, en Diario JAEN, se publicó mi texto "Un QUIJOTE “en negro”. Y aprovechando el paso por la Salala de ese Quijote, di un repasillo por los Teatros negros que pululan por esos mundos y con los tomé contacto en Praga precisamente, la cuna de esa expresión artística. También lo disfruté con mis chavales jabalquinteños en esos viajes que tanto nos gustaban y que completaban la labor curricular de forma divertida y amena.

Os lo dejo;



UN QUIJOTE "EN NEGRO"
Los personajes, títeres, marionetas, que cobran vida frente al negro fondo de un escenario aportan ese toque de magia irredenta que, más allá de las manos o cuerpos que les insuflan latido y movimiento, nos dejan soñar, tal vez como niños que fuimos, con un mundo en el que todo es posible y en el que los mecanismos, más o menos ocultos o directamente visibles, forman parte de la ensoñación y lejos de arruinarla la reflotan para dejarnos navegar por ella.
Mi primer encuentro con el llamado “teatro negro” fue, precisamente, en una de sus cunas primigenias, en el Staré Mesto (la Ciudad Vieja) de una Praga recoleta en la que se nos apareció, calle Karlova, el DIVADLO THEATRE BLACK LIGHT TA FANTASTIKA. Y allí, la luz jugó sus cartas venciendo al negro o haciéndolo cómplice del esplendor de la historia imaginada. Difícil olvidar aquella representación a pesar de los años transcurridos.
Poco después, en una de esas locas aventuras en las que nos sumergimos los docentes para guiar a un grupo de adolescentes de hormona en ristre a través de las atracciones de Port Aventura tratando de olvidar, o complementar, las páginas curriculares, dimos con el Templo Mágico en la zona de China. De nuevo el negro. De nuevo la luz. Y en esta ocasión disfrazada de mar, de aire, de pájaros que te revolotean, gusanitos que huyen de los anteriores, peces que flotan al alcance de tu mano…
El teatro negro y sus propuestas de similar calado tienen, por añadidura, un lenguaje universal, la música, el ruido. Y así pueden disfrutarse allende fronteras y lenguajes. A pesar de que nace en la Europa central sus representaciones se han extendido mundialmente. Conocidas son, por ejemplo, la Kompanía Romanelli de Uruguay dirigida por Martín López Romanelli que no hace demasiado pasó por Madrid con “El truco de Olej”; Iru Teatro Negro con “El soldadito de plomo”; El Espejo negro, de Ángel Calvente, con 35 años de escenarios a sus espaldas y obras como “La vida de un piojo llamado Matías” o “El fantástico viaje de Jonás, el espermatozoide”; los aragoneses “Teatro de Medianoche” con “El pirata que quiso conquistar la Luna” o los “SeRes Uhmonos”; la compañía sevillana BlackonBlack, cuyos espectáculos están representados por personas sin empleo en peligro de exclusión social o las gentes de Cachiporra Teatro en una listado muy incompleto pero que da idea de la extensión de este tipo de propuestas.
Estos días, en la Salala Paca de nuestra capital, la compañía BAMBALINA TEATRE PRACTICABLE, nos ha regalado una propuesta que no es exactamente teatro negro pero que se le acerca ostentosa, agradable y exitosamente. En ese fondo de negrura teatral, solo “disimulado” por la luz de unas velas, nuestro personaje más universal, aquí despojado de título, apellido y otros tratamientos, pasa a ser sencillamente QUIJOTE.
No escuchamos sus palabras, o mejor, sí que nos llega su lenguaje, sus gritos, sus lamentos, pero con palabras cabalísticas, abstrusas, acaso tan oscuras como el paisaje por el que se mueve. Le vemos cabalgar, soñar, dormir, pelear, interaccionar con un Sancho que parece no comprender del todo lo que sucede a su alrededor mientras sus dos “valedores”, aquellos que hacen de “alma, corazón y vida” de los títeres, nos muestran sus caras con el gesto que la marioneta ofrecería si su rostro fuese maleable o se la cubren cuando la acción pasa a terrenos ensoñados o nos muestra una parte interior de los personajes. Y todo ello aderezado por la lucha de lo real con lo supuesto, de lo pensado con lo palpable, de lo irreal con lo cercanamente visible. Ese paso de molino de viento a paraguas agujereado, de Clavileño volador a jaula de galeotes, de Dulcinea hecha luz de Luna a lágrima suspirada en el lecho final, ese movimiento de pulsos de madera y sangre hace de la representación un continuo de inquieta zozobra aun conociendo de sobra el trasiego por el que los personajes avanzan en su inmortal legado.
Quizá ese recoleto espacio de la Salala Paca es el escenario ideal para, en la cercanía, inmiscuirnos de forma completa en el ir y venir del títere y, acaso, sentir que la varilla que lo impulsa nos mueve también dejándonos presos, como a él, en la locura de las caballerías, en el supremo vuelo del amor, en la aquiescencia de que lo imaginado es lo que brilla ante nosotros.
Leyendo en la documentación del espectáculo de Bambalina que la obra ha sido premiada “a todo lo largo y ancho de este mundo”, léase Rumanía, Cuba, Polonia, amén de circuitos más cercanos como el de Almagro y sus propuestas de teatro clásico, nos queda la certeza de que los clásicos siguen vivos aun con corazón “de madera” y que la literatura, en íntima cohabitación con el teatro, nos muestra el sendero por el que avanzar en el horizonte de la cultura. La compañía, que precisamente celebra en estas fechas su 40 aniversario volviendo a representar este QUIJOTE que hemos disfrutado en Jaén, lleva en su repertorio títulos como La Celestina, Hamlet, Edipo y otros clásicos con los que ha alcanzado premios en distintos certámenes incluyendo el Max, los Arts Escéniques Valencianes o el del Festival de Sagunt.
Como en otras ocasiones no queda sino felicitar a La Paca por sus iniciativas con este tipo de obras de formato pequeño que, quizá, no serían acogidas del mismo modo en otro tipo de espacios escénicos.
De hecho, este nuevo ciclo de Teatro Clásico nos ha ofrecido ya -y con gran éxito- una adaptación del MIO CID (Teatro del Finikito) o FRANCISCA, una aproximación a la historia de Francisca de Pedraza, la primera mujer que consiguió una sentencia favorable por violencia de género allá por el siglo XVII en un montaje de Producciones 099 llegada desde el Festival de Almagro y a la que dediqué una semblanza en otro de mis artículos en Diario JAÉN.
Siempre hay vida detrás de un telón. Quizá es la nuestra…

miércoles, 15 de diciembre de 2021

"Paso al Noroeste" Un viaje a la comarca noroeste de Jaén. Una ruta histórica de rico patrimonio cultural.

 



Abróchense los cinturones, colóquense las mascarillas, respiren hondo y lancémonos como si nos dirigiera King Vidor hacia ese “Paso al Noroeste” que va a ser nuestra meta, aunque conviene recordar, como en el viejo adagio, que la verdadera meta es y será siempre el camino, el conocimiento y la interacción con las gentes que por él avanzan. Nos toparemos con grandes personajes de la historia y con aun mas grandes personas “de a pie”, trabajadores a la sombra del olivo milenario, de la cerámica enamorada de la mano y el corazón que la forma, gastrónomos de pro, defensores de la industria que, tal vez, agoniza a la espera de tiempos floridos, comerciantes de hatillo y mostrador, soñadores esforzados, jaeneros de alma altiva y luchadores con sangre y sudor mezclado con la lágrima pero con la sonrisa anclada en un merecido futuro al alcance de la mano.

Comenzamos. La ruta se abre camino por el sur. Jabalquinto, tierra alta que se mece sobre el altozano. Libre de encrucijadas, abierta a la historia. La senda solo conduce a su esencia. No es ave de paso sino destino final. Quizá una de las más desconocidas de la comarca a pesar de atesorar algún interesante guiño a los siglos pasados. Jabalquinto fue un enclave musulmán que controlaba y defendía el vado del Gualdalquivir. Su nombre se relaciona con la batalla de Quantix, que nos contó el Condestable Iranzo -que nos acompañará en muchos momentos del camino- y que acaeció por aquellos lares en 1009 terminando con la derrota de los musulmanes. Aun hoy se divisan los restos del castillo de Estiviel o Las Huelgas, cuyos muros, ajados por el viento de la historia nos llevan hasta Fernando III que lo conquistó allá por 1224. También este monarca aparecerá de nuevo en el sendero de este noroeste que nos espera. Otra parada imprescindible es el Palacio de los Benavides, hoy Ayuntamiento. Y no podemos abandonar el pueblo sin acordarnos de la llegada de Jorge Manrique al Palacio ya que una de sus hijas contrajo matrimonio con un hijo de Juan de Benavides, señor de Jabalquinto. Un soplo de brisa literaria que puede envolvernos paseando por las calles jabalquinteñas dándonos ese toque poético que tanto entusiasma al viajero. 

Avanzamos y divisamos Linares a la derecha y Bailén a la izquierda. Este último nos mece, de nuevo, en el campo de batalla: Baecula. Aquí vence Escipión a los cartagineses dando pie a la expansión romana en Hispania. Visitó la zona Alfonso VII en 1155 junto con otra de nuestras paradas, de la que hablaremos después: Baños de la Encina.  En el XV nos topamos - ¡helo aquí! - con el Condestable Iranzo que vivía ocasionalmente en el Castillo de Bailén desde el que organizaba cacerías e incluso corridas de toros. Pero hablar de batallas en Bailén es hacerlo de la que le ha dado fama universal. Las tropas de Napoleón, al mando de Dupont, fueron vencidas por vez primera y ello fue posible por el empuje de los generales Castaños y Reding, otro hito con que apuntalar la historia de este noroeste jaenero.

Imprescindible asentar en la mochila unas piezas de la exquisita alfarería de la ciudad, una cerámica de calidad cuyos hornos proyectan el calor de quienes miman la arcilla al compás de sus propios latidos.

Linares, encrucijada de caminos, se asienta sobre un pasado de esplendor minero ya desaparecido. Su nombre podría derivarse bien del “Luni arae” (Altar de la Luna) de los romanos o del “Linarum” latino. Curioso trenzado entre Luna y Lino, cielo y tierra, que da a la zona su peculiar tinte histórico como sucesora del afamado Cástulo, capital oretana.

Lamentablemente el tejido industrial asociado a la minería del plomo, plata y cobre se fue deshaciendo a lo largo de los últimos años incluyendo factorías de renombre como Santa Ana. El nombre de Land Rover Santana estuvo íntimamente ligado al transporte en el campo español durante décadas. La malhadada situación económica se ha cebado especialmente con Linares. Esperemos que, cuan ave fénix vuelva a ser lo que siempre fue como motor de la provincia.

Sobre Bailén y Linares aparece Guarromán. Quizá el peculiar nombre de esta población es lo que la hace aparecer en distintas webs -es la sede de la Asociación Internacional de Pueblos con Nombres Feos, Raros y Peculiares- pero eso no debería hacernos olvidar la belleza de su origen: Guadarromán, luego Guarromán, procede del árabe “Wadi-r-rumman”, que significa “el río de los granados”. Su sola mención ya nos llena de aromas indescriptiblemente sutiles, de emociones prendidas a la orilla del paso de los tiempos. La localidad fue fundada dentro del proyecto de colonización de Sierra Morena impulsado por Carlos III en 1767. Los primeros colonos fueron alemanes y belgas, aunque también franceses, italianos, austrohúngaros y suizos, además de familias catalanas, valencianas y gallegas. Hablaremos de este monarca y de sus planes de colonización en breve ya que toda la zona creció a su amparo.

Su situación, en el Camino Real entre Andalucía y Madrid, fue importante en cuanto a su desarrollo, impidiendo, por ejemplo, que en la ruta abundaran los salteadores y bandoleros. Y por esos senderos seguimos nuestro particular “Paso al Noroeste”. A aquellos protagonistas primigenios del film del que hemos tomado el título, Spencer Tracy, Robert Young, Walter Brennan o Lloyd Bridges podemos encontrarlos en la imaginación del viajero encarnando a los distintos monarcas, comendadores o colonos de la zona llenando la pantalla de una historia rica y efervescente que nos ha llevado a ser como somos. Guiños de la historia que se nos antojan balizas señalando futuros progresos.

Carboneros nos espera apenas a un tiro de piedra. De nuevo Carlos III, Olavide y su Fuero de Población son los artífices de esta localidad. Estamos en Sierra Morena y los olivos nos abrazan, si cabe, con más fuerza, con ese vigor que nos hace crecer a su sombra, y nos acompañan hasta nuestra nueva localización: La Carolina.

Ya su nombre nos da pie a pensar en el impulsor del Fuero de Población. En efecto, La Carolina debe su denominación a Carlos III, aunque en principio se llamó “La Peñuela” por un convento de carmelitas del lugar. La ciudad fue elegida como capital de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y se diseñó con ese estilo de “tablero de ajedrez” que permanece en el trazado de calles y plazas.

El plan de las nuevas poblaciones dio pie a la creación de cuarenta y cuatro pueblos y once ciudades. Su fin era, como dijimos antes, limpiar de bandidos los caminos, pero también, y especialmente, explotar adecuadamente la tierra, generar así riqueza y preparar el establecimiento de más de diez mil colonos extranjeros, (antes mencionamos su procedencia) asegurando la ruta Madrid-Cádiz que recogía la práctica totalidad del tráfico de mercancías del nuevo mundo.  Aunque el proceso comenzó con Fernando VI se asentó con Carlos III cambiando el original proyecto de contratar obreros alemanes y flamencos para América del Sur por la de traerlos a Sierra Morena a indicación de Olavide.

Acompañan a La Carolina otros núcleos cuya denominación vuelve de nuevo a colocarnos en las páginas de la Historia con mayúscula: Navas de Tolosa, La Fernandina y La Isabela. Estas dos últimas dejan bien a las claras su origen y de las Navas de Tolosa, en el entorno cercano de Santa Elena poco podemos decir que las crónicas no nos hayan detallado ya. La batalla que lleva ese nombre, acaecida en el fácilmente recordable 1212, enfrentó a tropas castellanas de Alfonso VIII de Castilla, aragonesas de Pedro II de Aragón, navarras de Sancho VII de Navarra y voluntarios del Reino de León y del Reino de Portugal contra el califa almohade Muhammad an-Nasir. El ejército cristiano, arropado por Inocencio III, participó en lo que podríamos denominar como cruzada hasta el punto de concederse indulgencias a los participantes. Su triunfo se considera el culmen del proceso de la Reconquista y desde ese momento se va produciendo paulatinamente el declive del dominio musulmán.

Caminamos ya por Despeñaperros y, al hilo de las Navas de Tolosa, hemos de dejar nuestros pasos en Santa Elena. De nuevo un nombre que tiene raíces inmersas en la historia y no solo por las curiosas pinturas rupestres que conserva, aunque en mal estado. Una iglesia dedicada a la emperatriz madre de Constantino, famosa por sus aportes a la iconografía cristiana, daría nombre a la población quedando Santa Elena como patrona y alcaldesa perpetua de la localidad.

Algo más a la derecha llegaremos a Aldeaquemada. Y en ella oiremos el rumor de la cascada de La Cimbarra entre jaras y encinas. Un lujo para los sentidos. También lo es, y muy especialmente, el imponente castillo de Baños de la Encina. Los baños hacen referencia a las muchas aguas subterráneas que recorren el territorio y la encina nos deja una leyenda en la que la Virgen María se apareció sobre este árbol. Curiosa conjunción de apelativos que se unen al de Burgalimar, nombre del castillo que ha hecho famosa a la localidad siendo considerado el más antiguo y mejor conservado de Europa, concretamente erigido en el siglo X. Una vez mas aparece en nuestro camino Fernando III que lo conquista en 1225 pasando a la Orden de Santiago. Por aquel entonces el pueblo pertenecía a Baeza. Solo en 1626 se “independiza” y obtiene el título de villa.

Nuestro compañero de viaje, el condestable Lucas de Iranzo, aparece de nuevo en relación con este castillo ya que, en 1458, en mitad de los enfrentamientos de los nobles castellanos, Enrique IV le cede la fortaleza al condestable, lo que no fue bien aceptado por la población La decisión provoca el rechazo y malestar de la población hasta que la situación se revierte años después.

Qué mejor lugar que este castillo para completar nuestro particular “paso al Noroeste”. Desde su atalaya divisamos no ya el paisaje sino el devenir de los siglos. También los hemos observado claros y diáfanos desde el altozano jabalquinteño, principio y fin de la ruta que nos ha emplazado a dejarnos los sentidos, las huellas y las miradas en estos bastiones de nuestra esencia. En la pausa, unas migas, unos andrajos con liebre, un remojón, unas gachas, la pipirrana, un guiso de venado o de conejo, unas aceitunas de cornezuelo o un hoyo -o canto- empapado de buen aceite de oliva virgen extra.

El viajero, atiborrado de buenas viandas para el cuerpo y de esencias históricas, culturales e instructivas para el alma, sigue su camino. Jaén y su extensa, rica, suculenta y diversa multiplicidad siempre tendrá algo nuevo que ofrecerle. La tierra, la luz, el verde amanecer de los olivos, el fiel sillar de la historia o, tal vez, el guiño emotivo de un futuro al alcance de la mano. Sin olvidar el sonido lejano del romance que alguien, tiempo ha, dejó entremezclarse con la brisa de los olivares…

 (Publicado en DIARIO JAÉN el 15 de diciembre de 2021)

 

 

martes, 25 de julio de 2017

PRESENTACIÓN DE LA MEDALLA DE NUESTRO PADRE JESUS DE JABALQUINTO (DIARIO JAÉN)


Palabras para el acto de presentación de la Medalla dedicada a NUESTRO PADRE JESÚS NAZARENO por DIARIO JAÉN.

Pedro A. López Yera.

JABALQUINTO. 24.07.2017.

Buenas noches.

Una medalla, amigos y amigas jabalquinteños, siempre ha formado parte de ese pequeño legado que nuestras madres y abuelas han ido atesorando a lo largo del tiempo y que han jalonado nuestra vida: desde la medallita que nos colocaron en el bautizo pasando por la de la primera comunión, ha sido una costumbre muy popular llevar al cuello o prendida en un broche la imagen de nuestro patrón o la de esa virgen a la que encomendar tal o cual actividad diaria en petición de ayuda o de simple compañía reconfortante.

Y eso ha sido así en la mayoría de las veces más allá incluso de ideologías. Una medalla es un guiño a la tradición, a lo que nuestros ancestros nos han aportado con su vida y su experiencia. Una manera de sentirnos seguros en mitad de la vorágine del día a día aunque en muchas ocasiones ni siquiera hayamos sido conscientes de ello.

Hoy, en este acto entrañable, DIARIO JAÉN nos deja una nueva medalla, otro tesoro que guardar o que lucir, al que elevar una plegaria o al que sentir a cada paso latiendo al unísono con nuestro pecho. Y no podía estar dedicada mas que a Nuestro Padre Jesús.

Una imagen que lleva en su nombre la palabra PADRE y que, además, se nos muestra con el posesivo NUESTRO delante, despierta especiales sentimientos. Un padre nos quiere, nos alimenta, nos empuja a vivir, nos muestra el camino que hemos de aprender a seguir, nos ilumina en tiempos complicados, nos alienta cuando el desánimo aparece, nos mira y en esa mirada lo comprendemos todo. Y todo eso nos inunda cuando le recreamos en nuestro interior, pero también cuando le vemos procesionar, majestuoso en su dolor, con la galanura propia de quien arrastra una misión inconmensurable. A su paso nos sabemos más humanos y, quizá, nos olvidamos de todo eso que nos hace desviarnos del camino sencillo y ofrecer nuestra mano, nuestro hombro, a quienes caminan con nosotros.


Escribí hace justamente ahora veinte años -en un pregón de feria- a Nuestro Padre Jesús unas palabras que decían:  “Nos miras y sentimos tu mirada, Jesús. Incluso somos capaces de escuchar tu voz con el oído del corazón. Nos hablas directamente a lo más hondo de nuestro ser. Tu manto parece ir acogiendo a los jabalquinteños a tu paso. Los reflejos dorados, como avecillas que se posan quedamente sobre el regio tejido, son como guiños a quienes te esperan; como íntima confirmación a todo lo que te pide cada corazón cuando pasas junto a él. Solo hay que mirarte para olvidarse de las pequeñas cargas, de esos roces, a menudo carentes de sentido, que nos enfrentan y sentir dentro un chasquido, una llamarada –la tuya- que nos permita salir indemnes y sonreír al porvenir”

Con esta promoción de DIARIO JAÉN muchos jabalquinteños y jabalquinteñas te llevarán ahora no solo en lo más íntimo de su pensamiento sino que también lucirán con orgullo tu imagen junto a su corazón.  Quizá resuenen en sus oídos versos como los que te dediqué hace ya algunos años:



Cuan triste te presentas

a quienes esperan ansiosos tu salida.

Dolor transido en la mirada,

rictus adormecido entre la barba.



Hablan tus ojos de paz y de perdón

mientras pétalos de sangre llenan tus mejillas.

Cansado gesto arrastras en tu trono

Cruz en ristre, ajena pesadilla.



Sé que me miras cuando pasas

y en mi memoria lees cuanto ella guarda.

Y por tanto sabes de mi confianza

en tu cobijo fiel, firme esperanza.



Tiene tu frente espinas coronadas

símbolo ruin de burlas ensañadas.

Cada gota que tu sangre riega

abono es de comprensión calmada,

de mutua confianza, de fe ciega.



 Fueron versos del comienzo de mi andadura con los chavales de este pueblo al que ya considero casi como mío. Veinticinco años de enseñar y aprender con quienes ahora ya son ciudadanos “de pro” y cuya presencia me hace sentir de nuevo como en casa, como en aquella aula que compartimos y de la que todos nos llevamos algo positivo, ellos y yo. Al menos eso espero y siempre he vivido confiado en ello.


A la inmensa alegría de volver a Jabalquinto se une el orgullo de presentar esta medalla que ofrece Diario Jaén a quien agradezco el honor de haber contado conmigo para este acto en el que, bajo la presencia intangible de Nuestro Padre Jesús, contamos con la entrañable compañía de los miembros de la hermandad, de mi buen amigo Antonio García, fiel intérprete de la historia local y compañero de docencia, de nuestro alcalde Pedro, alumno inolvidable, de Lucia Vasco, alumna en el recuerdo, de Juan Espejo, alma mater de nuestro periódico local, de José Márquez, director comercial de Caja Rural   y, por supuesto, de ustedes, jabalquinteños todos.

Que la mirada de Nuestro Padre Jesús, ahora también desde la medalla que Diario Jaén nos ofrece, nos permita dilucidar hacia dónde dirigir nuestros pasos con la ecuánime sensatez de quienes se saben dueños de su destino. Un porvenir que, a buen seguro, contará con las páginas de diario JAÉN para proclamar logros y metas conseguidas.


Para terminar, permitidme que vuelva de nuevo a uno de mis poemas aparecido en aquellos “Versos al hilo de la Historia” que el Ayuntamiento editó en su día y que me sirve ahora para despedirme hasta otra próxima ocasión aunque como decía Ruyard Kipling “Nunca se dice adiós del todo; estaré con vosotros junto al horizonte”.

El verso tiene como protagonistas, como no, a Nuestro Padre Jesús y a su madre, la Virgen de los Dolores y, como ya se habrán podido imaginar, su título es EL ABRAZO.

Como es bastante largo y no quiero cansarles, este es un pequeño resumen:


Es tu madre, señor, quien te saluda

Con profundo dolor, atormentada,

María de los Dolores que te abraza

Enjugando su lágrimas. Cansada.



En tu camino de sangre hacia la muerte

Ella aparece de dolor transida.

Cruza sus ojos contigo y desespera;

Pero ella es madre y la esperanza abriga.



Abrazo de viernes santo, sazonado

De gargantas de vítores repletas.

Brazos de madre e hijo que se funden

Mecidos al hilo sutil de las saetas.



Y en todos quienes han vivido

Este abrazo de amor tierno y divino

Brota un ardor de fe, enardecido,

Que ilumina por siempre su camino.



Y ya solo queda disfrutar de esta medalla que DIARIO JAÉN, haciendo honor una vez más a su eslogan MAS DE LO QUE LEES, nos ofrece para mayor gloria de nuestro patrón NUESTRO PADRE JESÚS. Que él nos ilumine a todos.

Muchas Gracias.

sábado, 11 de marzo de 2017

Que un alumno, en la flor de la edad, nos abandone, es algo que llega muy dentro. No fue la primera pérdida pero sí muy sentida ya que perteneció a la primera hornada de mi llegada a Jabalquinto en 1980. Rufi, mi recuerdo siempre.

RUFI CUERVA SÁNCHEZ. IN MEMORIAM.

Cuando hace apenas unos días tuve un emocionado recuerdo para algunos de mis antiguos alumnos jabalquinteños ya fallecidos por distintos avatares de la vida, que es la que nos lleva inexorablemente a terminarla cuando ella decide, no sabía que tal día como hoy tendría que hacerme eco de la partida de Rufi Cuerva. Llegué a compartir con ella y con sus compañeros de apenas seis años un aula en la que la recuerdo tímida, frágil, cariñosa siempre, resistiéndose a dar algunos pasos de baile en aquellas tardes lúdicas de primero de EGB en las que todo sabía diferente. Rufi casi se escondía entre las piernas de su maestro, las mías, o bajo las mesas con tal de no moverse al ritmo del “Juntos” de Paloma San Basilio muy en boga en aquellos primeros años ochenta.

Luego crecimos ella y yo y se lanzó, ya superada aquella primigenia timidez, a presentar las macrofiestas de fin de curso –de dos días de duración en muchas ocasiones- aportando al guión que le escribí un especial desparpajo y una mirada penetrante que te hacía partícipe de su alegría.

Entre sus primeros pasos y el término de la escolaridad obligatoria paseamos, vía premio educativo, por la vieja Francia, por las instituciones comunitarias de Estrasburgo, por el bohemio París y Rufi, siempre atenta, siempre sonriente, era esa alumna que se hace querer y que, tiempo después, me presentó a su bebé recién nacido –tuvo dos hijos- en una calle de su Jabalquinto natal en la que se cruzó conmigo.

Me vienen ahora a la memoria, cuando nos ha dejado tras una lucha inmensa y sin desánimo, las charlas con su madre, las aventuras con su hermano Leandro, las mil y una anécdotas de tantos años compartidos en el colegio…

Por regla natural deberían ser los alumnos quienes se despidieran de sus “profes”. Lamentablemente en ocasiones sucede al revés como en el caso de mi buena y recordada Rufi. Pero sé que ahora mismo, liberada de lo sufrido, se asoma al cielo de las buenas chicas, de las estupendas alumnas, de las esforzadas madres, de las personas humanamente tiernas y nos sonríe como ella sabía hacer. Pon un poco de orden, Rufi, en esa aula nueva a la que te has trasladado. Algunos compañeros tuyos campean ya por ella y quizá te necesiten. Nosotros te echaremos de menos. Sé que tú también a nosotros.

Como han comentado muchos de tus compañeros parece muy injusto que te hayas ido ahora, con la juventud a flor de piel, con la sonrisa puesta, con la pupila llena de las miradas de tus hijos y de tu familia, con el calendario lleno de días sin tachar. No. No debe serlo pero así sucede.

Gracias por todos los días que compartimos en aquellas aulas, por tu buen ánimo. Quién sabe si algún día volveremos a bailar aquel “Juntos” y ya, seguro, no te esconderás bajo la mesa. Cuídate, Rufi. Cuídanos.


domingo, 26 de julio de 2015

Pregón de las fiestas de NUESTRO PADRE JESÚS de Jabalquinto 2015.


Ayer, 25 de julio, tuve el honor de ser el pregonero de las fiestas de Nuestro Padre Jesús de Jabalquinto. El reencuentro con antiguos alumnos, con sus familias, con el pueblo donde desarrollé mi labor docente durante más de veinte años fue verdaderamente emocionante. Esos momentos, esos abrazos, ese afecto, me hicieron por un lado volver a sentirme "maestro" y por otro me rejuvenecieron hasta aquel tiempo en que las aulas de Jabalquinto fueron mi segundo hogar. A modo de homenaje, este es el texto del pregón de las fiestas 2015:


 


      PREGÓN FIESTAS NUESTRO PADRE JESÚS. JABALQUINTO 2015.

Pedro Antonio López Yera

Buenas noches a todos y a todas. Creo que es obligado comenzar agradeciendo a vuestro alcalde, a mi antiguo alumno Pedro a quien creo poder llamar amigo y a su corporación municipal, el haber pensado en mi como pregonero de estas fiestas de 2015.

Ayer podíamos ver en la última página de Diario JAÉN un titular que decía que Jabalquinto es un lugar al que siempre volver. Eran palabras de un antiguo alumno, Juan Pedro García Lérida, hijo de Manuel, el Herrero, el del Taller, que fue protagonista de unos versillos que le dediqué. Esa frase me viene como anillo al dedo para comenzar. Volver es un verbo que suena a Tango, a canción triste por cuanto implica que uno se ha ido previamente. Pero trae también la enérgica sacudida del reencuentro. En mi caso, obviamente no he nacido aquí aunque sí que pasé veintitantos años compartiendo aula con vosotros, con ustedes. Con muchos de los que hoy estáis aquí he vivido no solamente las escaramuzas propias del aprender día a día en una escuela  –palabra que me gusta mucho más que la de colegio- sino, al menos eso quiero pensar, también  las de ir abriéndose camino en una asignatura que nunca aparece en los programas escolares pero que es la más importante que tanto el alumno como el maestro deben desarrollar. Esa materia es nada más y nada menos que Aprender a vivir.

Cuando Pedro se puso en contacto conmigo para ofrecerme este inmenso honor, me comentó que haber intentado que la sociedad jabalquinteña avance en sus principios y valores era uno de los puntos principales a tener en cuenta a la hora de ofrecer este, llamémosle cargo, a las personas que podrían desempeñarlo.          

Ni que decir tiene que la actividad de un enseñante, de un maestro, siempre está relacionada con esa labor, con ese intento de que quienes son en un momento niños y niñas ansiosos de aprender y crecer lo hagan con la mirada puesta en crear una sociedad más justa, libre, crítica e inmersa en unos valores de responsabilidad y apertura de miras.

Pensar que en algo, en una mínima proporción, mi modesto aporte a que Jabalquinto haya avanzado en esa dirección haya tenido un éxito que me apresuro a compartir con mis compañeros docentes de entonces y de ahora mismo, algunos de los cuales nos acompañan hoy, es algo que me llena de íntima satisfacción ya que ¿Cuál si no es el objetivo principal de nuestra labor como maestros?

Se dice que Einstein dijo una vez: “Sincronízate con la frecuencia de la realidad que quieres y no podrás hacer otra cosa que conseguirla”. Quiero pensar que eso es lo que siempre intenté en mi labor docente. Si lo conseguí o no es a mis alumnos, a sus familias, a quienes vivieron aquellos momentos, a quienes toca opinar. Pero mi intención siempre fue abrir las puertas y las ventanas a los vientos de la realidad. Si para eso había que viajar, escapar del aula grabando videos, películas, participar en proyectos y certámenes, hacerse periodistas, ser todos uno, niños y maestro, por ahí quise encontrar el camino para crecer, para ser, para avanzar.

Hoy, cuando las redes sociales me han ofrecido  “ser amigo” de muchos de aquellos chavales jabalquinteños con los que fui creciendo también yo desde 1981, me he vuelto a mirar en sus ojos, esta vez no en directo sino en sus fotos de facebook y me he sentido de nuevo como si abriera la puerta del aula una mañana  cualquiera y todos entraran otra vez para ver qué podíamos aprender hoy, quizá por encima del tema que tocara en el libro.

Hace apenas unos días fue mi cumpleaños y he de reconocer que muchos de esos “niños y niñas” a los que acabo de mencionar me emocionaron. Algunos con unas palabras de recuerdo, otras de ánimo y todos, sin excepción, mostrándome un cariño, un afecto que me hizo sentir, sinceramente, querido. Cuando uno se dedica a lo que es su oficio, al que eligió en un momento de su vida,  con el empeño y la entrega que esa vocación merece, enseñar en mi caso, nunca piensa en si se reconocerá o no su labor. Sencillamente procura que cada día, cada clase, cada pequeña aventura del aula tenga el objetivo justo, la proyección necesaria, la devoción casi,  y todo ello, como bien decía Chateau y otros pedagogos, con amor. El maestro debe querer a sus alumnos y seguramente eso produzca una corriente similar en ellos. Educar es, en esencia, querer. Si conseguimos eso entre todos aquellos que compartimos aula, todo lo demás vendrá casi solo. Y todas esas llamadas y mensajes de felicitación me dejaron la sensación de que fuimos por buen camino.
 
Decía Frost, en una afirmación que me gusta repetir, que él no se consideraba maestro, sino despertador. Y, en el fondo, qué sino eso hacemos los maestros? Despertar en quienes nos acompañan las ganas de saber más, de ser mejores, de crecer sabiendo en qué apoyar los pasos que nos harán alcanzar el futuro. Enseñar escapa a la mera transmisión de conocimientos, aunque no hemos de obviar la importancia de tener presente nuestro pasado y nuestra actualidad como civilización. Enseñar y aprender están tan unidos que es complicado marcar la evanescente línea que los separa.                    

Hay otra frase famosa que se refiere a esa labor nuestra. No está muy claro su autor, aunque suele atribuirse a Benjamín Franklin: "Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados". Pues bien, me declaro ahora mismo loco. Loco por intentar cada día que la escuela no fuera un mero camino lleno de ejercicios, cuadernillos y pizarras. Loco por llevar el nombre de Jabalquinto por esos mundos de Dios. Y no es una figura literaria. Podría contar mil y una anécdotas de aquellos niños y niñas de los años ochenta y noventa en sus correrías nacionales e  “internacionales”. Pasaportes cambiados de maleta que impedían salir de Francia si no aparecían, por ejemplo, o el episodio de una niña que se dio la vuelta y nos perdió junto al Centro Pompidou en Paris y al acudir a uno de los gendarmes tuvo la ocurrencia de decirle… Ayúdeme, señor, soy de Jabalquinto.  De la cara de aquel hombre no debieron quedar fotos pero seguro que fue de antología.

 En otra ocasión en la que cierta Alumna de nombre Mari Carmen decidió tomar otro camino dentro de El Corte Inglés de Princesa en Madrid, el nombre de Jabalquinto sonó por la megafonía para asombro de los clientes del establecimiento. Susto que acabó en abrazo enjugado con alguna lágrima de tensa emoción. Nuestras andanzas diurnas y nocturnas por “todo lo largo y ancho” que nos permitían los viajes de fin de curso o los premios que conseguíamos darían para mucho y no parece que este sea el mejor momento para entregarnos a la nostalgia del recuerdo.

Decía Oscar Wilde que la mejor manera de que un niño aprenda es hacerlo feliz. Quiero creer que en aquellos años y con los matices que sean necesarios, todos fuimos felices. Si. También yo.                       

Y si, como dijo alguien, “Los discípulos son la biografía del maestro” espero que la mía, confeccionada en la mayor parte por chavales de este pueblo, tenga esa chispa que me haga sentir que no fracasé del todo y que lo que más me ha llenado en la vida, ser maestro, haya servido para algo.

Recorrimos España de norte a sur, atravesamos fronteras e inundamos Francia, Bélgica y Holanda, fundamos la revista escolar decana de toda la provincia y una de las más longevas del país, ganamos premios autonómicos y nacionales, escribimos libros, removimos y escarbamos en la historia del pueblo, fuimos la avanzadilla de otra manera de hacer las cosas y que se ha ido desarrollando y perfeccionando después en las manos de mis queridos compañeros. Jabalquinto empezó a sonar en los medios de comunicación con noticias de calado y desde este querido altozano intentamos esparcir nuestra alegría por saber, por aprender, por mejorar… Por cierto que no puedo nombrar la revista del colegio sin recordar emocionadamente a D. Manuel Gallego, maestro y director en aquel lejano comienzo de los años ochenta en que me asomé por primera vez a Jabalquinto. Él, que nos ha precedido ya en el cielo de los buenos maestros y de las excelentes personas, estaría contento de vernos hoy aquí y nos bendeciría como sólo él sabía hacer.

Al fin y al cabo, ser maestro implica ser un modelo de vida y ofrecerlo y D. Manuel así lo hacía.  Henry Adams dijo que “ser maestro afecta a la eternidad, nunca se sabe dónde termina su influencia”. Suena quizá muy fuerte pero es así, y perdón por el orgullo de sentirlo de ese modo.  

Hace casi veinte años escribí unas reflexiones que aparecieron en el programa de fiestas de 1998. Se titulaban NIÑOS, LA FERIA DEL FUTURO. Como si de una premonición se tratara, en uno                 

de los párrafos decía: “La semilla del futuro ya está floreciendo. Los que harán el Jabalquinto del futuro están ya en el candelero. Aquellos que nos sustituirán están demostrando que son capaces de ello. Alegrémonos. (…) Hay que renacer en aquellos a quienes hemos dado la vida. Ellos nos la harán mejor. Estemos seguros”

Y la causa de este florecimiento era, según mis apreciaciones de entonces, que “Nuestros niños y niñas tienen  cada vez más oportunidades de ser y de saber. Les estamos educando en la diversidad, en la tolerancia, en los más vigorosos valores democráticos. Nuestros niños, los hijos e hijas de Jabalquinto son cantera de futuro, banquillo de próximas jugadas…”

Han pasado los años y estoy seguro de que aquella generación que ahora es quien tiene a su cargo nuestro pueblo  –perdonad si me hago jabalquinteño aunque sea en espíritu- se apropió fuertemente de esos valores y los proclaman cada día. Si una semilla, por pequeña que sea, germinó desde nuestras aulas, algún valor tuvo el esfuerzo de todos. No solo los alumnos aprenden de los maestros. Los maestros recolectamos cada día lo que nuestros chavales nos aportan. Y ese es el entramado real de la educación, un crecer hacia adelante, un estar convencido de que Jabalquinto merece toda la dedicación de que seamos capaces. Tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre, como bien decía Kant.  El hombre no es más que lo que la educación hace de él. Y los pueblos son lo que la educación de sus hijos hace de ellos.

Pero dejemos de hablar de escuela, de educación y de pasado. Hoy toca anunciar la feria, ese emocionante paso de calendario en el que todos nos sentimos un poco más tocados por el alegre sortilegio de la camaradería, la amistad y el reencuentro. El calor de este verano tórrido que soportamos tendrá unos momentos de pausa  mientras los toreamos oliendo a churros mañaneros, a fino, a tapas golosas o a cerveza helada que tizne de olvido gargantas y cabezas. Dejaremos de pensar por unos días en los pequeños problemas, en los golpes de un momento difícil para dejarnos llevar, como si de nuevo fuéramos niños, por la senda trillada del tiovivo.

En 1996, -también ha llovido desde entonces- en otro “a modo de pregón” escribí que “desde ese palco de primera que seguro tienen ahí arriba, nos sonríen Juan de Benavides, Lucas de Iranzo, los Benavente y tantos otros personajes que alguna vez, allende los siglos, pisaron nuestro Jabalquinto y observan las caras conocidas de quienes disfrutan de la fiesta mientras comentan mil y un detalles de sus vidas. Es el tiempo que pasea. Es la feria que todo lo envuelve…”

Los tiempos festivos siempre han sido el mejor momento para pararse un instante y mirar hacia atrás y hacia adelante. En la feria se reúnen de nuevo con nosotros aquellos que se fueron, regresan por unos días y se crea la ilusión de que quizá nunca se fueron o nunca se volverán a ir. La feria, ya lo he dicho antes, nos hace volver a ser niños y niñas pero también nos recuerda que la vida sigue, que al día siguiente todo será de nuevo un escalón más de ese futuro que nos espera a la vuelta de la esquina.  La feria nos hace aunar realidades y sentimientos. Decía Joan Margarit, el poeta, que nuestras emociones, nuestras querencias no solo están unidas a nuestros recuerdos, a nuestra historia, sino también a nuestra geografía.

Tenemos la suerte de tener un pueblo de silueta fácilmente reconocible recortada en el horizonte.                                                  
Estamos sobre un altozano, una colina, un cerro, elevados sobre el paisaje a punto de alcanzar los cielos. Eso nos hace visibles desde muchos kilómetros  a la redonda y hasta ha dado lugar a refranes y dichos populares como el archiconocido “Andar, andar y Jabalquinto a la par”. Estas palabras, y perdón por el inciso personal, me recuerdan también a mi abuelo Pablo ya tocado por el inmisericorde zarpazo de la memoria perdida. Siempre que volvía a verme me preguntaba una y otra vez, casi en un bucle tierno y esforzado que ¿Dónde daba escuela? (Una expresión ya en desuso) Y al responderle que en Jabalquinto, él desgranaba como si lo sacara de sus más profundos recuerdos el Andar, andar y Jabalquinto a la par para treinta segundos después volver a preguntármelo.

Esa posición geográfica envidiable hace que con solo divisar el pueblo se sienta uno ya partícipe de su existencia y brote la conciencia casi tribal de pertenecer a su esencia más atávica. Cuántas veces, a la vuelta de alguna de las muchas escapadas que hicimos con los alumnos, cuando el serpenteo del autobús nos iba acercando ya a casa de nuevo, el más lejano vislumbre de la recordada visión del pueblo hacía explotar gritos de alegría en todos mientras el paisaje se hacía más cercano y todo Jabalquinto se hacía más grande físicamente al ir avanzando en el camino y también dentro de cada uno dando igual si veníamos de una granja escuela a apenas cincuenta kilómetros o de centro-Europa. Volver a casa siempre ha sido algo que nos llena de íntimas satisfacciones. Y eso es lo que sucede en tiempos de feria.

 Eso sí, hay algunos que solo pueden volver dentro de nuestro recuerdo. Siguen viviendo aposentados en nuestras neuronas e interaccionan con nosotros cuando los traemos al pensamiento.     

Cada familia tiene los suyos, los que nos precedieron al marchar, y a ellos dedican su recuerdo. Permitidme que, como si de un padre se tratara, dedique unas palabras a esos alumnos y alumnas jabalquinteños que abandonaron las aulas para siempre. Niños y niñas a los que hemos visto partir en esa edad en la que lo más lógico es crecer y vivir. Parece que veo sentados en sus mesas a Alonso, a Manuel Fernández, a Isabel Lérida, a Juan López, a Pedro Martínez, a Martín Zambrana, a Antonio Rodríguez o a Manuel Jesús Nájera.

Espero que mencionarlos no atraiga la lágrima del recuerdo ni el desconsuelo de la ausencia sino, por el contrario, la alegría de saberlos asomados al balcón celeste de las buenos chavales, ese sitio desde el que aplauden nuestro día a día y desde el que sabemos que siguen nuestros pasos infundiéndonos esa paz que nos inunda cuando los pensamos. La vida tiene altibajos y nos va tocando colocarnos en una u otra parte de la línea según extraños designios que se nos antojan incomprensibles la mayor parte de las veces. Pero la vida sigue, impertérrita, dispuesta a alcanzarnos, como el tiempo, como el calendario que deshoja sus páginas mientras circulamos a su alrededor.

Y, como posiblemente ellos desearían, hay que continuar. Dicen que  Shakespeare solía decir que “si todo el año fuese fiesta, divertirse sería más aburrido que trabajar”. No sé si estaremos de acuerdo o no con esta afirmación. De lo que no me queda duda es de las ganas con que nos enfrentamos todos los años a la fiesta, a la feria, al ánimo de sacar del armario nuestras mejores galas y a lanzarnos a la caza de la cerveza helada, la música de la caseta, el trasnoche al hilo del tiovivo…

Permitidme que recree unos versos del libro que dediqué a Jabalquinto. Concretamente los que hablan de la feria:                   

Huele la feria a algodón dulce.

A polvo removido.

A cariño y alegría.

Dan vueltas los caballitos del tiovivo

Y nuestros corazones.

La noria nos sube y nos deja caer.

La niña, llorando, no quiere montar.

Vinillo y chorizo. Cerveza y jamón.

 ¡Cómo está la feria con este calor!

Altas las canciones. Hay un altavoz.

Rumbas, Sevillanas,

Casetas en flor.

Se apagan los ruidos. Se escucha un tambor.

Va a pasar ahora nuestra procesión.

Pasa el Nazareno.

¡Ay, cuánta emoción!

Mi abuelita llora. Le “tié” devoción…

 
En la feria se unen sentimientos de alegría por el reencuentro con ese toque que da el enfrentarse a Nuestro Padre Jesús como motor de la fiesta. Quizá la feria es el punto de unión entre la laica exaltación de lo festivo y el entusiasmo religioso de ese punto íntimo al que nos aferramos independientemente de nuestras ideas cotidianas.  Cuando mañana, bajo el sol del mediodía, la egregia figura de nuestro patrón salga a recorrer las calles, una sensación de serena esperanza se apoderará de todos aquellos que presencien su paso y también de quienes, aun no estando presentes, participan interiormente de esa conexión que les une con la esencia de lo que representa.  Dejadme que, en un verso más, ya sabéis que la poesía es mi arma preferida, recuerde lo que un día escribí sobre Nuestro Padre Jesús:            

 
Dicen tus ojos de paz y de perdón,

Mientras pétalos de sangre llenan tus mejillas.

Cansado gesto arrastras en tu trono

Cruz en ristre, ajena pesadilla.

Sé que me miras cuando pasas

Y en mi memoria lees cuanto ella guarda.

Y por tanto sabes de mi confianza

En tu cobijo fiel, firma esperanza…

 
Cuando el patrón recorre nuestras calles, la procesión tiene dos ámbitos. Ya lo dice el refrán: la procesión también va por dentro, por esos recovecos que nos llenan cerebro, corazón y mente. Queremos ser libres, felices, boyantes, prósperos, amados en el lenguaje cotidiano y, seguramente, bienaventurados. ¡Qué bella conjunción de deseos!

 
Pero las palabras están siendo muchas y lo que prima en un pregón es la llamada a la fiesta. Jabalquinto está presto a ser, sentirse y saberse tocado por la varita mágica de la feria. La luz del crepúsculo se tiñe de más colores, como de nuevas guirnaldas, que  quisieran unirse a las celebraciones. Este pregonero, que se enorgullece de tener alguna pizca de jabalquinteño en su ADN, al menos por aquello de que el roce hace el cariño, quiere despedirse ya para dejar paso al regocijo de la diversión. Y lo hace, lo hago, con un verso final.

 
Miro atrás y sigo divisando,

Jabalquinto, tu nombre en la distancia.

Miro dentro, mi pueblo, amigo mío,

Y te siento en mis venas navegando.

                                                                                                                
Cierto. Pero no me hace falta mirar hacia atrás. Hoy, como si de un extraño encantamiento se tratara, me habéis dado la oportunidad de sentirme maestro de nuevo. He dejado escondida en un rincón esa mala salud que me hizo dejar la escuela y, gracias a todos y cada uno de vosotros, he rejuvenecido aunque las canas se empeñen en recordarme que las manecillas del reloj nunca se detienen. Hoy, repito, he vuelto “a casa” con los míos, con vosotros. Parafraseando de nuevo a Juan Pedro, como al principio, diré que Jabalquinto es un lugar al que volver. Aquí estoy. Espero que esta ocasión sea solo un nuevo comienzo. Gracias por hacerme sentir uno más entre vosotros. Siempre podréis contar conmigo.

 
Y ya termino. Gracias a todos y a todas por vuestra amable atención. A los que han venido y a los que no han podido estar. A mis antiguos alumnos y alumnas, a sus familias, a los jabalquinteños y jabalquinteñas que me recuerdan y a los que no me conocían, a mis compañeros docentes, a las autoridades y fuerzas “vivas” presentes…

 Como decía una canción, ya solo queda “un beso, un abrazo, unas fotos y un adiós”.  ¿Unas fotos? Si. Eso no lo decía la canción pero me he permitido rebuscar en el viejo baúl de los recuerdos hasta encontrar esta pequeña colección de imágenes en las que todos éramos jóvenes. Unos niños, otros algo menos, pero todos, todos, si nos damos cuenta teníamos en los ojos el brillo de un futuro que, hoy, precisamente hoy, ya es presente. Muchas gracias y vamos a verlas…

Pedro A. López Yera. Pregón Jabalquinto 25 de julio 2015.