Mostrando entradas con la etiqueta Tomás Afán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tomás Afán. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de marzo de 2025

Día del Teatro

 



Hoy es el Día del Teatro y ¿sabéis? me encanta sentarme en una butaca y disfrutar de lo que el escenario nos ofrece. A veces me río, otras me emociono y siempre el teatro me llena de una especie de energía que me hace pensar, discurrir, imaginar, ser yo mismo y ser otros. Me recuerda a la lectura curiosamente. El teatro me abre puertas y ventanas, ojos y neuronas, alegrías y hasta alguna lágrima. El teatro es como la vida como me decía uno de mis profes a quien le debo muchas de esas emociones que me embargan cuando se levanta el telón.

Un día, no hace mucho, me senté frente a unas hojas y empecé a escribir. Los personajes que imagino parece que me hablan y que ellos mismos se van colocando en las situaciones que pienso. El teatro, no me cabe duda, tiene magia y nos hace partícipes de ella a quienes lo disfrutamos, a quienes lo interpretan, a quienes lo escriben y dirigen y, en especial, a los que nos sentamos en esas butacas que son vehículos hacia la imaginación, hacia la vida...
¡¡Viva siempre el teatro!!

lunes, 11 de noviembre de 2024

Entre tumbas anda "el juego" (Noches de Santos y Difuntos)

 Como todos los SANTOS tienen octava -ya lo dice el refranero popular- ayer domingo se hacía eco DIARIO JAÉN de mi artículo ENTRE TUMBAS ANDA "EL JUEGO" en relación con las noches de Santos y de Difuntos que hemos vivido no hace demasiado.

Os lo dejo.

Entre tumbas anda “el juego”
(Noches de santos y difuntos)
Pocos lugares existen que conciten tal cantidad de sentimientos, estímulos, nostalgias y recuerdos que un cementerio. Esa última morada para la que ya nacemos con el billete de ida preparado se nos antoja un lejano horizonte al que es largo y complicado llegar pero la vida, ese ingrediente básico para realizar el camino, ese dual espejismo que nos hace mirarnos en la futura lápida de epitafio soñado, nos permite circunvalar la senda e ilusionarnos con las pequeñas o grandes historias que nos harán llegar, bien con la frente alta y la conciencia fragante, bien con el ánimo engatusado por el deslumbre de lo absurdamente fútil.
De una u otra forma la llegada a ese escenario tras el que el telón ya no vuelve a levantarse sirve a menudo como espejo que, precisamente sobre las tablas del teatro o en el fulgor lumínico de las pantallas, nos enfrenta a una realidad endulzada o enrabietada en la que nos resistimos a ser protagonistas, pero en la que jugamos al despiste con guiños que nos acercan y alejan a la vez al futuro más o menos cercano que mora, eterno, tras las puertas de los cementerios.
Vagabundear entre tumbas, recorrer nichos y lápidas, dialogar con el ausente, ofrendar flores al recuerdo… son actividades propias de los camposantos y, como tales, han formado parte de guiones, textos y dramaturgias varias a lo largo del tiempo.
Ahondando en la memoria me asalta la visión de aquel panteón descrito por Antonio Gala en “Los verdes campos del Edén”. Un lugar de encuentro, de algarabía, por el que se van asomando personajes de muy diverso desarraigo llamados por Juan que, buscando la tumba de su abuelo, toma posesión de la misma sintiendo que solo a esa tierra puede llamarla suya.
Otra escena mítica nos lleva al viejo oeste americano, aunque no hayamos salido, para filmarla, de Burgos. Estamos ya escuchando la inmortal banda sonora de Ennio Morricone y vemos llegar a tres personajes, Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef, es decir, “El bueno, el feo y el malo” y el cementerio de Sad Hill huele a pólvora recordando, por su circular emplazamiento, al fragor de los gladiadores en el coliseo romano.
Si cambiamos a Morricone por Jerry Goldsmith nos encontramos con “La profecía” y con una escena “de cementerio” de las que quedan grabadas en el subconsciente quizá como la de Poltergeist, fruto de construir sobre un antiguo cementerio. Si de música hablamos no podemos obviar “Thriller” de Michael Jackson y su fantasmagórico videoclip. Los primeros compases son inolvidables ( It's close to midnight and something evil's lurking in the dark under the moonlight you see a sight that almost stops your heart. You try to scream…) y nos llevan al otro gran grupo de asiduos de noches de difuntos: zombis, aparecidos, fantasmas y otros ectoplasmas dispuestos a hacernos ¿sufrir? ¿disfrutar? en Halloween, noches de difuntos y, en nuestra tierra, también de “todos los santos”. Tampoco olvidemos a Coco y su paseo por la “Tierra de los Muertos” guitarra en ristre mientras volvemos a ser niños de nuevo.
Recogidos ya en la cercanía que nos permite respirar con la tranquilidad de lo conocido, llegamos al escenario de la Salala Paca y nos damos de bruces con el “Tosantos Cabaret”, una visita a la tumba materna que deviene en jarana festiva. Beli Cáceres, de Lunátika Atarazana, se enfunda la piel de Julieta, hija de una difunta Beatriz, que se enfrenta entre risas, reproches, confesiones y deseos a su propia existencia, a cómo la imaginó, cómo es realmente y cómo desearía vivirla.
La música y el baile se apoderan del espectador que, por el arte de la magia de la fecha y la hora, pasa a ser uno de los habitantes del camposanto y que, son “reconocidos” por una asombrada protagonista que pasea entre ellos recuperando anécdotas vividas o soñadas.
Todo sucede en el intervalo de una noche que aprisiona a Julieta en el cementerio al cerrarse las puertas y no permitirle salir mientras su “querido” esposo pugna por escapar, al bar de la esquina, y zafarse del cuidado de los niños.
Un detalle que nos recuerda que la obra, subtitulada “Tragicomedias de mujer” da paso al ciclo EN FEMENINO que se desarrolla en la mencionada Salala Paca y que nos deparará -y nos ha deparado- obras como “LA CURIOSA VIDA DE MADAME CURIE Y OTRAS MUJERES DE CIENCIA”, entre ellas Hypatia de Alejandría, original de Tomás Afán y codirigida por el autor y por Carmen Gámez con la interpretación de Vivi Alcántara y Carlos Aceituno o “FRANCISCA”, la agitada vida de Francisca de Pedraza, que ya en 1624 consiguió un veredicto de violencia contra la mujer por parte del Tribunal de la Universidad de Alcalá, interpretada por Elena Rey tras su paso por el Festival de Teatro Clásico de Almagro. Además, se ha proyectado el documental FEMINAS: MUJER, MINERÍA Y DESGARRO, dirigido por Luisje Moyano dedicado a las mujeres mineras de la zona de El Bierzo.
La programación de la Sala incluirá próximamente nuevas propuestas del Festival de Teatro Clásico que ya presentó a DON JUAN TENORIO y que traerá al escenario jiennense una sorprendente versión que del QUIJOTE presenta Bambalina Teatre, que ya ha obtenido diferentes distinciones en Polonia, Rumanía o Cuba en sus giras mundiales. Finalizará noviembre con un nuevo acercamiento al MIO CID por la compañía madrileña Teatro del Finikito. El telón no para de trabajar.
(En la imagen, Beli Cáceres en un "imaginado" momento de la representación)

sábado, 2 de noviembre de 2024

La noche de don Juan (Tenorio)

 Mi columna en DIARIO JAÉN, ayer viernes 1 de noviembre, tenía un protagonista de excepción: Don Juan Tenorio.




La noche de Don Juan
Al caer la noche de difuntos hay un personaje que suele, o al menos, solía poblar las ondas radiofónicas, televisivas y, por supuesto, los escenarios. Es don Juan Tenorio, nacido de la pluma de José Zorrilla en 1844. Algo tiene el personaje de otras obras como “El burlador de Sevilla y convidado de piedra” atribuida a Tirso de Molina y también de la leyenda del propio Zorrilla, “El capitán Montoya”. A buen seguro recordamos a los personajes que acompañan a don Juan: don Luis Mejía, su rival; don Gonzalo de Ulloa, el comendador; don Diego Tenorio, su padre; doña Inés de Ulloa y Ciutti, Gastón, Buttarelli, Brígida, doña Ana de Pantoja, la abadesa o el Capitán Centellas entre otros.
Para ponerles cara a los personajes tenemos mucho donde elegir. Quizá los más recordados con Concha Velasco y Francisco Rabal en el Estudio 1 de RTVE de 1966 pero no fueron los únicos. Les siguieron Juan Diego y María José Goyanes, Carlos Larrañaga y Emma Cohen, Fernando Guillén y, de nuevo, María José Goyanes y Fermí Reixach y Nuria Gallardo por citar a los más relevantes que representaron, digamos, la versión clásica de la obra.
Pero en 1974, Antonio Mercero presentó una visión musical de la historia: se trataba de un casting para elegir a los personajes: Pedro Osinaga, Pepe Martín, Antonio Medina y José Vidal eran los aspirantes a don Juan, y para doña Inés se presentaban Agatha Lys, Carmen Maura y María Garralón. Este mediometraje fue nominado al Emmy y ganó la Rosa de Oro en Montreux. Hasta el “Un dos tres” dedicó una entrega al don Juan en 1991. Poco antes, una miniserie nos dejaba a José Coronado y Silvia Abascal como protagonistas de excepción.
Por aquel entonces Mercero volvía a las andadas, esta vez en la pantalla grande con “Don Juan, mi querido fantasma” con un reparto de lujo: Juan Luis Galiardo, María Barranco, "Saza", Loles León, Verónica Forqué, Luis Escobar y Rossy de Palma. El cine, ya en la época de las películas mudas, acogió al personaje en varias versiones y posteriormente nunca ha faltado alguna adaptación incluso en coproducción como “Los amores de Don Juan” en 1970 con Robert Hoffmann, Barbara Bouchet, Ira de Furstenberg, María Montez y Edwige Fenech. En 1976 pudimos ver “Viva (muera Don Juan)” una peculiar versión con Lorenzo Santamaria, Angela Molina, Paquita Rico o Massiel en su curioso reparto.
La Gran Vía madrileña acogió también hace unos años, en 2016, “Don Juan, un musical a sangre y fuego” al estilo Broadway con canciones de Antonio Calvo.
Actualmente tenemos estos días a Manuela Velasco, Carles Francino, Mario Gas, Joaquín Notario, Pepe Viyuela, Diana Palazón y Vicky Peña en el madrileño Centro Cultural Fernán Gómez y en el Teatro del Bulevar, la Salala Paca, una nueva versión del clásico a manos de nuestro dramaturgo “de cabecera” Tomás Afán, dirigida por Carmen Gámez y con Marcos Hita y Vivi Alcántara como cabezas de cartel.
El personaje de don Juan sigue vivo tras una larga historia que incluye, además de las pinceladas anteriores a Moliere, que lo presentó en París, a Goldoni que lo llevó a Venecia, a la ópera de la mano de Mozart, a Lord Byron en la Inglaterra de 1800, a Alejandro Dumas, a la primera película de ficción en América, al emperador Maximiliano que eligió la obra para el Teatro Nacional de México, a la Warner Brothers que inauguró el Vitaphone con el don Juan de John Barrymore, a Errol Flynn que lo interpretó en los años 40, al cómico Fernandel con Carmen Sevilla y Fernando Rey, a Brigitte Bardot en el 73 con su “Si Don Juan était une femme”, a Jonny Depp y Marlon Brando en “Don Juan de Marco” en los noventa o a José Saramago y su “Don Giovanni ou o dissoluto absolvido” entre otros muchos episodios de su paso por la cultura universal.
Don Juan, en efecto, vive. Y todavía le oigo respirar acalorado ayer mismo en el recoleto escenario de La Paca susurrando a doña Inés en el cuerpo y alma de Marcos Hita y Vivi Alcántara. Parece que los escucho de nuevo… ¿no es cierto, paloma mía, que están respirando amor?

miércoles, 9 de octubre de 2024

¡Canta, FLORENCE, canta!

 Mi pequeña crónica del estreno de FLORENCE FOSTER, LA PEOR CANTANTE DE ÓPERA DEL MUNDO, en Salala Paca. Con Amada Santos y Oliver Gil. (Publicado en DIARIO JAÉN el 8 de octubre de 2024)


¡Canta, Florence, Canta!

Pedro A. López Yera

 

Florence Foster Jenkins se ha reencarnado en nuestro Jaén y lo ha hecho en el magnífico trabajo actoral, de dramaturgia y de dirección de Amada Santos. Aquella ricachona neoyorkina de las primeras décadas del siglo pasado está, por mérito propio, en la historia del bel canto. Pero no por su precisión con las notas, su alto voltaje en cuanto a la interpretación ni su toque especial en cuanto a la recreación de las grandes obras del género. No. Se encuentra en esa “cumbre” solo por desafinar y transformarse en una especie de clown al que el público acudía con la carcajada dispuesta, la burla encarnizada y el desprecio cruel.

Ella, quizá enferma, quizá mal aconsejada, quizá autoconvencida de sus cualidades operísticas, escuchaba, no cabe duda, su voz de distinta manera a la que la percibían quienes la observaban desde el patio de butacas o en los discos que, sorpresivamente, llegó a grabar. Se dice que fue la sífilis contagiada por un marido “a la huida” o, ya jocosamente, por el accidente de taxi que se menciona en la obra, pero de una u otra forma Florence se autoconsideraba una cantante de exquisita categoría. Tampoco la relación con su padre parecía ayudar y ese es otro de los aspectos clave para entender que ella quisiera triunfar y plantarse frente a él con una carrera artística de renombre.

El renombre lo consiguió, sin duda. Pero el precio que pagó fue muy alto. Ese último concierto en el neoyorkino Carnegie Hall, horas que recoge la adaptación que se presentó en la Salala Paca, fue el detonante final. Las críticas demoledoras la hundieron de tal forma que ya nunca se recuperó.

No obstante, como bien subraya Amanda Santos en su libreto, el éxito tiene unas líneas muy evanescentes y más todavía si lo incardinamos con la propia felicidad. Oliver Gil, magistral también en su papel de Cosme McMoon, el pianista que trata de centrar a Florence en algunos momentos, se lo hace ver: ¿Has sido feliz cantando? Y sí, ella lo fue mientras duró su ilusión, su creencia en lo maravilloso, su ingenua visión de un mundo que no era tal y como ella lo percibía.

El montaje merece que mencionemos la música de Sitoh Ortega, el espacio escénico de Nati Kabuki y, como no, el vestuario de Lorena Calada que recrea con mimo el esperpéntico look con el que Florence gustaba de “pavonearse” en sus actuaciones.  Y en ese espacio que, por momentos pasa a ser el grandioso escenario del New York de 1944 y en otros una especie de camerino expandido más allá de lo físico para dejarnos entrar en el alma de Florence, y de Cosme, en ese recoleto rectángulo tras el telón rojo de Salala Paca, somos los espectadores los que reímos, pero también empatizamos con alguien que fue capaz de sobreponerse a todas las zancadillas, ajenas y personales, para cumplir un sueño.  Al final devino en pesadilla, pero mientras duró la hizo rozar la felicidad con las manos ya que no con sus agudos.

Cuando Oliver Gil, un impecable Cosme, nos invita a regar con claveles rojos a una exultante Amada Santos/Florence es realmente el ímpetu de empujarla en su ambición de triunfar lo que nos hizo lanzarle esas flores que, por otra parte, dan título a los “Clavelitos” que tanto le gustaba cantar en sus conciertos. Unas “performances” que siempre se desarrollaban en ambientes íntimos como los encuentros con sus “elegidos” en el Ritz-Carlton. Quizá la Florence de 76 años necesitaba el último empujón para la gloria y en el Carnegie lo encontró, aunque no como a ella le hubiese gustado.

Hasta esta nueva “encarnación” y salvo el exhaustivo documental que podemos ver en Netflix, la figura de Florence se nos aparecía con el rostro y gestualidad de Meryl Strepp acompañada por Hugh Grant en la gran -y pequeña- pantalla dirigidos por Stephen Frears pero ahora pasan a ser Amada y Oliver los rostros con que asociaremos esta historia de superación o de autoestima más allá de la realidad.

Esas alas con las que Florence gustaba de presentarse ante su público, amén de los constantes cambios de fastuosos y deslumbrantes vestuarios, son, quizá, la metáfora de su propia vida. Llegó a lo que siempre deseó a una edad, 41 años, habiendo dejado atrás una juventud en la que luchó por levantar la cabeza, la garganta y la música. Y voló libre por encima de los convencionalismos, de la realidad incluso. Desgraciadamente, como el viejo aforismo, más dura fue la caída. La lucha, no conseguida, de Oliver/Cosme por evitar que “la estrella” pudiera darse cuenta de las críticas demoledoras que cerraron su actuación dio ese giro de tuerca a una historia abocada no ya al fracaso sino al enfrentamiento cara a cara con lo que el público veía y escuchaba y la toma de conciencia de que no coincidía en absoluto con lo que supuestamente Florence les ofrecía.

En la obra, en un último esbozo final. Amada/Florence ironiza… “El médico de la sífilis me dijo que había quedado tocaba un poco del oído” Y ahí nos quedamos con la sonrisa congelada y ese pellizquito que nos sobrecoge viendo que el humor puede conseguir dar la vuelta a las circunstancias adversas. Florence podía tener mal el oído, el sentido de la afinación, incluso un poco desajustado algún “tornillito” allende las neuronas cantantes, pero de lo que sí disponía era de una tremenda fuerza de voluntad y de superación. Ella cantaba seriamente y el público respondía con carcajadas. -Son gente enviada por mis rivales, decía, gente sin sentido musical. Y seguía lanzando sus gorgoritos iracundos y desafinados, esos que para ella eran sonidos celestiales. Un cielo al que llegó unos meses después de aquel aciago día en el Carnegie Hall, quizá a lomos de sus inefables alas de plumas.

Florence/Amada y Cosme/Oliver acaban la obra abrazados bajo una luz de Luna que brilla entre las gasas que fueron telón, vestido, sueños…

La realidad asumida o no, siempre nos alcanza. Cae el telón, pero hay un aria que parece sonar en mitad de los aplausos… Seguro que proviene de su disco. Una grabación con un título que nos aturde sabiendo que es ella quien canta: “The Glory of the Human Voice”. Desde luego si no te das mérito y te publicitas tú misma, ¿quién va a hacerlo mejor?