Godspell & Superstar. Seguro que os suenan ambos musicales tanto en los escenarios como en las pantallas. Curiosamente ambos me traen muy buenos recuerdos envueltos en el trajín de un viaje de fin de COU en tiempos ya muy pretéritos. Dedico, con todo el cariño de tanto compartido, está remembranza a mis compañeros y compañeras de la XVII promoción marista de Jaén que, por cierto, estamos a punto de celebrar los 50 años, Bodas de Oro, de nuestro paso por el Colegio.
Bienvenido a mi buhardilla. Una ventana abierta siempre a eso que piensas, que sueñas, que deseas. Ideas, reflexiones, artículos de prensa (especialmente de DIARIO JAÉN)...
domingo, 2 de marzo de 2025
Godspell & Superstar. Musicales en el recuerdo.
viernes, 28 de febrero de 2025
DESENMASCARA LAS "RARAS" (EN EL DÍA MUNDIAL DE LAS PERSONAS CON ENFERMEDADES RARAS)
Hoy, 28 de febrero, se celebra el DÍA MUNDIAL DE LAS PERSONAS CON ENFERMEDADES RARAS y ahí me tenéis brindando con el cóctel de pastillejas al que mi "amiga" MIASTENIA GRAVIS me ha hecho aficionarme.
lunes, 13 de enero de 2025
Utópicos colmillos.
Mi columna de Opinión en DIARIO JAÉN el sábado 11 de enero. Os la dejo.
jueves, 26 de diciembre de 2024
Música Góspel en Navidad.
Cuando Gospel también significa Navidad.
sábado, 9 de noviembre de 2024
INSTALADOS EN EL VÉRTIGO
MI columna de Opinión en DIARIO JAÉN, ayer viernes, nos dejaba frente a ese vértigo que nos hace formar parte de una historia a la que no siempre comprendemos ni apoyamos y en la que, sin embargo, estamos "instalados" sin que en ocasiones tomemos conciencia de ello. Gracias a ese gen perdido que nos hace humanos sí que hay momentos en que, sencillamente, lo somos.
Se diría que es una perogrullada pensar que vivimos inmersos en eso que llamamos “la Historia”, así con mayúscula, es decir, que estamos dentro de esa rueda en la que se suceden procesos, transformaciones o “adelantos” a los que no podemos sustraernos.
Sin embargo, tal y como afirmaba Leonardo Padura en un artículo reciente, tomar conciencia de ese lugar en la Historia no es algo que nos haya acompañado siempre a la Humanidad. Según su apreciación, no fue hasta finales del XVIII o principios del XIX cuando realmente nos topamos con esa sensación de estar en mitad de las transformaciones de la sociedad.
Nuestros ancestros, quizá por su esperanza de vida o por la lentitud del movimiento de los procesos históricos, vivían su parcela más o menos individual del tiempo que les tocó con muy pocos cambios. Quizá una guerra o algún desastre natural eran los acontecimientos más llamativos que podían sugerir nuevas opciones sociales. Sin embargo, ya en el XVIII, ciertos grupos humanos vivieron la creación de los Estados Unidos a partir de las antiguas colonias o, por citar un ejemplo casi universal, la Revolución Francesa que hizo tambalear los hasta entonces sólidos cimientos no solo del país y que en menos de cincuenta años atravesó todos los estamentos conocidos para instaurar nuevos horizontes. Alguien nacido unos años antes de 1789 pudo conocer el derrocamiento de la monarquía, la Convención, el Directorio, el Imperio, la Restauración y nuevos impulsos revolucionarios. Y todo ello tuvo que influir en su forma de verse dentro de esa explosión histórica de consecuencias imparables. Afirma Padura que, no solo aquellos ciudadanos adquirieron esa percepción del transcurso -en vivo- de la Historia, sino que también alcanzaron la noción de su responsabilidad social en relación con ese avance.
El tiempo, como bien sabemos, avanza a velocidades casi insoportables y es capaz de dejarnos aparcados a la orilla de la Historia sin que para ello tengamos que esforzarnos demasiado. La rapidez con la que se desarrollan los cambios actualmente a nuestro alrededor puede chocar con nuestra capacidad de comprensión y obligarnos a tratar de abrirnos hacia posibilidades que no habíamos considerado antes. Pensemos en España y echemos una mirada al pasado cercano. Una dictadura de muchos años devino en la Transición, ya con mayúscula también, y luego en una democracia consolidada. Un cambio que, en sus inicios, produjo dudas y sentimientos encontrados no por la nostalgia de lo ya terminado sino por la inquietud de lo que había de llegar. Y ahí estábamos, sabiéndonos en pequeña o gran medida como protagonistas, quizá en papeles secundarios, pero anclados con fuerza al impulso de avanzar.
Vivimos en la Historia y podemos
sentirla, comentarla y aplicar el bálsamo de los errores asumidos para no
repetirlos a pesar de que siempre existen quienes colocan obstáculos en uno y
otro sentido. Alrededor nos rodearon grandes “titulares”: dos guerras mundiales
que acabaron redistribuyendo fronteras y levantando muros y algo más allá, al
este, vimos florecer el tiempo comunista en Rusia para luego verlo caer
arrastrando a todos los satélites que le circundaban. Siguió otra paz cogida
con alfileres a la que llamamos, para variar, “guerra fría” y a ella se le
sumaron sin apenas intermedio otras en los Balcanes o revoluciones islámicas
que todavía producen cierto escalofrío. Todo ha sucedido en un periodo tan
corto que permite que la misma persona lo haya vivido todo. No podemos
desprendernos, como nuestros antepasados, de la capa que nos hace ser y estar
en un momento determinado ya que esos momentos, en la actualidad, son de tal
magnitud que nos arrastran, nos recolocan o nos impulsan de modos inimaginables
tiempo atrás.
Vivimos instalados en el vértigo
de la Historia. Intuimos, ¿sufrimos?, cambios y dudamos sin nos llevarán en la
dirección correcta o en la contraria. Quizá haya que buscar la respuesta en la
Inteligencia artificial que es, ya, un nuevo vértigo al que controlar.
sábado, 2 de noviembre de 2024
La noche de don Juan (Tenorio)
Mi columna en DIARIO JAÉN, ayer viernes 1 de noviembre, tenía un protagonista de excepción: Don Juan Tenorio.
jueves, 24 de octubre de 2024
Leer para entender (En defensa de los libros de texto)
¿Qué opinas sobre los libros de texto? ¿Crees que deben abandonarse en aras de la digitalización de la enseñanza? O tal vez, crees que son un instrumento imprescindible?
Hubo un tiempo en que entrar a un
aula conllevaba aspirar un dulzón aroma a libro, a lápiz, a goma MILÁN, a
cuaderno recién estrenado. Olía también “a niño” entendido como esa unión entre
colonia fresca rociada por la madre minutos antes de salir de casa, sudorcillo
tras la “gimnasia” o algarabía de hormonas preadolescentes. Pero el perfume que
mantengo en mi pituitaria de maestro añorante es el del libro impreso.
Últimamente los libros de texto
han atravesado una época de denostación y desarraigo en aras de modernas
tabletas, pantallas y hasta móviles. Todo digital, todo en proyectos investigativos,
cooperativos o similares. Este camino
basado en la imagen carece de algo tan necesario como poder “tocar” el libro,
algo que parece no tener importancia pero que, a juicio estudiosos del tema y
muchos docentes, es realmente necesario.
A este respecto me llega la
reseña del Libro “Apología del libro de texto” editado por Narcea. Lógicamente
mis viejas neuronas “enseñantes” se han puesto a devorar las propuestas de su
autor, Nuno Crato, nombre con reminiscencias de peplum clásico, y que ha sido
ministro de Educación en la vecina Portugal. Revisando su currículo observo,
con verdadero placer, que los resultados de la educación en su país ascendieron
y mejoraron muy sensiblemente con sus planes de exigencia en materias básicas
como Lengua y Matemáticas, algo que, confieso, he echado de menos en nuestro
sistema en multitud de ocasiones y que he planteado en reuniones y artículos al
respecto.
Para Crato, y cito textualmente,
“hay que mantener los manuales escolares en papel porque son la plasmación de
un plan de estudios con una exposición articulada, organizada y secuencial de
los temas que sirve de hoja de ruta jerarquizada y objetiva para los
profesores, para los alumnos e incluso para los padres” y continúa diciendo
“los libros de texto son la introducción al mundo de la lectura inteligente,
porque no solo se leen, sino que se leen para entender”.
Critica también el autor, y
suscribo sus apreciaciones, el afán por incidir en que los alumnos son los que
deben construir su propio aprendizaje y, por tanto, o consecuentemente,
“eludir” los saberes básicos establecidos. Por otro lado, la tendencia que
lleva a que los maestros produzcan los materiales educativos en el aula le
parece, si se lleva al extremo, un modo de detraer la atención que la labor que
debería prevalecer: la transmisión de conocimientos, actitudes y valores que
impulsen al alumnado realmente en su crecimiento personal, intelectual y
social.
El uso de pantallas y material
digital ha de ser, en todo caso, complementario y puntual para fortalecer e
implementar determinados aspectos del proceso educativo, pero no el foco
principal, asegura Crato, en su disertación.
Otro problema añadido es la
manipulación, por llamarlo de algún modo, que se produce en ciertos textos
debido a implicaciones ideológicas o políticas no solo en cuanto a contenidos
sino también a procesos y aplicaciones al aula. En Portugal, a este respecto,
se aprobaron leyes que hacían más rigurosos los procesos de aprobación de
libros de texto para evitarlo incluyendo evaluaciones periódicas. Quizá
podríamos tomar nota y, en especial, recuperar la buena idea de usar los libros
de texto como instrumento básico de la enseñanza.
viernes, 11 de octubre de 2024
Páginas vs. pantallas
Mi columna de Opinión en
DIARIO JAÉN.
Viernes 11 de octubre. 2024. ¡¡ Siempre con la lectura!!
Páginas vs. Pantallas.
Pedro A. López
Yera
Sí, lo sabíamos. Tantos años de
compartir aula con chicos y chicas nos ha permitido a los docentes, como en
otros aspectos a las familias, desarrollar un especial sentido respecto a la
lectura.
En estos momentos en los que la
inmediatez del mensaje, de la noticia, de las redes predispuestas a olvidar
medio segundo después lo que se ha leído, satisface encontrar estudios que
aclaran que “los alumnos y alumnas que “consumen” libros, obras, de más de cien
páginas llevan mucha ventaja en cuando a comprensión lectora”. En esta sociedad
actual es necesario recordarlo.
Esa ventaja a la que aludíamos
antes llega a ser equivalente a todo un curso académico. Si se manejan, leen,
textos complejos se comprenden mejor los textos lineales. Y, no solo eso, se
adquieren claves con las que extraer de forma más adecuada, válida y exitosa
informaciones para las que se necesite combinar fuentes múltiples, incluso
contradictorias. Pensemos en la dificultad de enfrentarse a cualquier dato relevante
extraído de internet. La discrepancia entre lo buscado será directamente
proporcional al número de fuentes consultadas. Y he ahí la necesidad de esa
“Lectura” que abrirá las claves del propio conocimiento y, por tanto, de la
construcción de un ciudadano crítico, conciliador y escudriñador entre
realidades, hechos, y opiniones siempre interesadas.
¿Podemos conseguir los docentes
en solitario despertar o, al menos, impulsar y favorecer ese afán lector?
Obviamente, no. Las evidencias implican a las familias y al ambiente en que
cada chaval de desarrolla. Hay estudios que indican que más del 20% de las
habilidades lectoras y, por tanto, del “disfrute” lector provienen de factores
medioambientales que engloban a su círculo familiar. Nunca nos cansaremos de
proclamar a los cuatro vientos que ver leer a un padre, a una madre, a un
hermano mayor, es, junto con el disponer en el hogar de un cierto número de
libros o, en su defecto, promover el acceso a bibliotecas cercanas, es una de
las mayores y mejores acciones con que “educar” a ese niño o niña que, tal vez,
navega con más intensidad por pantallas que por páginas.
Leer no puede ser efecto de la
obligación escolar, al menos no en toda su extensión. Sobre esa sugerencia
lectora del aula ha de sobrevolar el propio interés y no solo en obras,
digamos, literarias. Novelas, cuentos, libros divulgativos adecuados a la edad
y, por supuesto, comics son escalones que, poco a poco, harán subir la propia
personalidad y formar niveles de superación que influirán después, incluso, en
la vida profesional.
Si los niños son pequeños hay una
actividad ideal que nos acompaña desde el inicio de los tiempos: leerles en voz
alta, dramatizar en pequeña escala lo que les estamos contando, hacerles
participar con preguntas sobre tal o cual personaje si ya tienen suficiente
edad, jugar después a pensar qué podría haber pasado si cambiara un detalle del
cuento, etc. Y ahí son los padres y madres, las familias, quienes tienen que
tomar conciencia de ser los capitanes del barco lector en el que navegarán sus
niños posteriormente.
Hay más protagonistas que pueden
formar parte de la historia: abuelos, primos, hermanos, amigos, todos pueden ir
remando hacia el hábito lector y hacer paradas en la propia biblioteca de casa,
en la del colegio, en la municipal y también en las librerías. Cuando el niño
nos acompaña y nos ve ojear y hojear libros, aspirar ese aroma que desprende el
papel, observar portadas, lomos, colores, anuncios de nuevas ediciones, sentirá
que ese mundo al que sus padres pertenecen es también el suyo. No será necesario
que leer se convierta en una tarea escolar gravosa, obligada y dura. Al
contrario, fluirá lenta pero incansablemente su espíritu lector. Podemos,
incluso, dejar que ellos elijan sus propios libros al principio, indicándoles
muy suavemente alguna pista que no les obligue, sino que les haga decidir por
sí mismos. Llegarán, sin duda, a su propio criterio lector personal. Leer es un
excelente pasaporte hacia el futuro.
Olor a verso.
jueves, 10 de octubre de 2024
Un día nuevo. Un día más...
Sentir la hierba bajo tus pies, acariciarla con la mano, oler su frescura por primera vez es esa experiencia que deja los sentidos asombrados, los ojos muy abiertos, la pituitaria ansiosa de seguir descubriendo, la piel casi erizada no ya por la brisa sino por la nueva sensación del aire transparente, libre, que inunda los pulmones abriéndolos de una nueva forma, remodelándolos tras el tránsito de la ciudad.
miércoles, 9 de octubre de 2024
¡Canta, FLORENCE, canta!
Mi pequeña crónica del estreno de FLORENCE FOSTER, LA PEOR CANTANTE DE ÓPERA DEL MUNDO, en Salala Paca. Con Amada Santos y Oliver Gil. (Publicado en DIARIO JAÉN el 8 de octubre de 2024)
¡Canta,
Florence, Canta!
Pedro A.
López Yera
Florence Foster Jenkins se ha
reencarnado en nuestro Jaén y lo ha hecho en el magnífico trabajo actoral, de dramaturgia
y de dirección de Amada Santos. Aquella ricachona neoyorkina de las primeras
décadas del siglo pasado está, por mérito propio, en la historia del bel canto.
Pero no por su precisión con las notas, su alto voltaje en cuanto a la
interpretación ni su toque especial en cuanto a la recreación de las grandes
obras del género. No. Se encuentra en esa “cumbre” solo por desafinar y
transformarse en una especie de clown al que el público acudía con la carcajada
dispuesta, la burla encarnizada y el desprecio cruel.
Ella, quizá enferma, quizá mal
aconsejada, quizá autoconvencida de sus cualidades operísticas, escuchaba, no
cabe duda, su voz de distinta manera a la que la percibían quienes la
observaban desde el patio de butacas o en los discos que, sorpresivamente, llegó
a grabar. Se dice que fue la sífilis contagiada por un marido “a la huida” o,
ya jocosamente, por el accidente de taxi que se menciona en la obra, pero de
una u otra forma Florence se autoconsideraba una cantante de exquisita
categoría. Tampoco la relación con su padre parecía ayudar y ese es otro de los
aspectos clave para entender que ella quisiera triunfar y plantarse frente a él
con una carrera artística de renombre.
El renombre lo consiguió, sin
duda. Pero el precio que pagó fue muy alto. Ese último concierto en el
neoyorkino Carnegie Hall, horas que recoge la adaptación que se presentó en la
Salala Paca, fue el detonante final. Las críticas demoledoras la hundieron de
tal forma que ya nunca se recuperó.
No obstante, como bien subraya
Amanda Santos en su libreto, el éxito tiene unas líneas muy evanescentes y más
todavía si lo incardinamos con la propia felicidad. Oliver Gil, magistral
también en su papel de Cosme McMoon, el pianista que trata de centrar a
Florence en algunos momentos, se lo hace ver: ¿Has sido feliz cantando? Y sí,
ella lo fue mientras duró su ilusión, su creencia en lo maravilloso, su ingenua
visión de un mundo que no era tal y como ella lo percibía.
El montaje merece que mencionemos
la música de Sitoh Ortega, el espacio escénico de Nati Kabuki y, como no, el
vestuario de Lorena Calada que recrea con mimo el esperpéntico look con el que
Florence gustaba de “pavonearse” en sus actuaciones. Y en ese espacio que, por momentos pasa a ser
el grandioso escenario del New York de 1944 y en otros una especie de camerino
expandido más allá de lo físico para dejarnos entrar en el alma de Florence, y
de Cosme, en ese recoleto rectángulo tras el telón rojo de Salala Paca, somos
los espectadores los que reímos, pero también empatizamos con alguien que fue
capaz de sobreponerse a todas las zancadillas, ajenas y personales, para
cumplir un sueño. Al final devino en
pesadilla, pero mientras duró la hizo rozar la felicidad con las manos ya que
no con sus agudos.
Cuando Oliver Gil, un impecable
Cosme, nos invita a regar con claveles rojos a una exultante Amada
Santos/Florence es realmente el ímpetu de empujarla en su ambición de triunfar
lo que nos hizo lanzarle esas flores que, por otra parte, dan título a los “Clavelitos”
que tanto le gustaba cantar en sus conciertos. Unas “performances” que siempre
se desarrollaban en ambientes íntimos como los encuentros con sus “elegidos” en
el Ritz-Carlton. Quizá la Florence de 76 años necesitaba el último empujón para
la gloria y en el Carnegie lo encontró, aunque no como a ella le hubiese
gustado.
Hasta esta nueva “encarnación” y
salvo el exhaustivo documental que podemos ver en Netflix, la figura de
Florence se nos aparecía con el rostro y gestualidad de Meryl Strepp acompañada
por Hugh Grant en la gran -y pequeña- pantalla dirigidos por Stephen Frears
pero ahora pasan a ser Amada y Oliver los rostros con que asociaremos esta
historia de superación o de autoestima más allá de la realidad.
Esas alas con las que Florence
gustaba de presentarse ante su público, amén de los constantes cambios de
fastuosos y deslumbrantes vestuarios, son, quizá, la metáfora de su propia
vida. Llegó a lo que siempre deseó a una edad, 41 años, habiendo dejado atrás
una juventud en la que luchó por levantar la cabeza, la garganta y la música. Y
voló libre por encima de los convencionalismos, de la realidad incluso.
Desgraciadamente, como el viejo aforismo, más dura fue la caída. La lucha, no
conseguida, de Oliver/Cosme por evitar que “la estrella” pudiera darse cuenta
de las críticas demoledoras que cerraron su actuación dio ese giro de tuerca a
una historia abocada no ya al fracaso sino al enfrentamiento cara a cara con lo
que el público veía y escuchaba y la toma de conciencia de que no coincidía en
absoluto con lo que supuestamente Florence les ofrecía.
En la obra, en un último esbozo
final. Amada/Florence ironiza… “El médico de la sífilis me dijo que había
quedado tocaba un poco del oído” Y ahí nos quedamos con la sonrisa congelada y
ese pellizquito que nos sobrecoge viendo que el humor puede conseguir dar la
vuelta a las circunstancias adversas. Florence podía tener mal el oído, el
sentido de la afinación, incluso un poco desajustado algún “tornillito” allende
las neuronas cantantes, pero de lo que sí disponía era de una tremenda fuerza
de voluntad y de superación. Ella cantaba seriamente y el público respondía con
carcajadas. -Son gente enviada por mis rivales, decía, gente sin sentido
musical. Y seguía lanzando sus gorgoritos iracundos y desafinados, esos que
para ella eran sonidos celestiales. Un cielo al que llegó unos meses después de
aquel aciago día en el Carnegie Hall, quizá a lomos de sus inefables alas de
plumas.
Florence/Amada y Cosme/Oliver
acaban la obra abrazados bajo una luz de Luna que brilla entre las gasas que
fueron telón, vestido, sueños…
La realidad asumida o no, siempre
nos alcanza. Cae el telón, pero hay un aria que parece sonar en mitad de los
aplausos… Seguro que proviene de su disco. Una grabación con un título que nos
aturde sabiendo que es ella quien canta: “The Glory of the Human Voice”. Desde
luego si no te das mérito y te publicitas tú misma, ¿quién va a hacerlo mejor?











