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domingo, 20 de octubre de 2024

Prohibido repetir




 En alguna ocasión alguien me planteó que siempre había vivido “en un aula”. Primero como alumno

en todas las etapas educativas que, incluso, fueron cambiando de nombre y de extensión a lo largo

del tiempo. Luego, sin apenas intervalo, como docente. Mi universo siempre ha estado ligado

íntimamente a la enseñanza, a esos chavales a los que siempre he llamado “mis niños”.

Desde dentro, la visión que se podría tener de la educación, la que tengo realmente, es que

progresivamente se han ido disminuyendo los niveles de exigencia, de conocimiento, y ello ha

incidido de forma notable -para mal- en los rendimientos. Sin embargo, para camuflar esa bajada

exponencial se ha ideado un peculiar sistema consistente en despistar con las calificaciones o,

incluso, prescindir de ellas. Se diría que ciertas prácticas escolares que incluyen los libros de texto, los

deberes, el esfuerzo personal y todo aquello que tiene connotaciones más o menos “arcaicas” para la

pléyade de psicopedagogos, terapeutas, psicólogos y otros oficios adheridos a la marcha escolar de

los niños y niñas, se han desterrado de la escuela.

Todo ha pasado a ser vivencial, competencial, etéreo, intangible, áureo y… virtual. Pero ¿es esta

visión la panacea universal? Cada vez más se están levantando voces que abogan por un cambio en

estos planteamientos. Gregorio Luri, a quien le encanta que le llamen “Maestro de Escuela” y gran

referente entre los estudiosos de la educación en nuestro país acaba de publicar “Prohibido repetir”

con un subtítulo que, como compañero de aulas, no tengo por menos que aplaudir: Una propuesta

apasionada para salvar la escuela.

¿Necesita nuestra escuela ser salvada? Mi respuesta es sí. Como afirma, la docencia es cada vez una

profesión menos atractiva. Los estudiantes se han convertido en consumidores y los profesores en

proveedores de servicios que pretenden lograr el bienestar de los estudiantes a expensas del éxito

académico, cuando debería ser al revés.

Luri, docente en todas las etapas educativas, escritor reconocido y columnista sobre educación y

filosofía, nos plantea que, a pesar de toda la parafernalia con que adornamos nuestras aulas, no

sabemos garantizar la calidad del sistema. El título de su obra hace referencia a que la palabra

“repetición” nos transmite rauda y velozmente supuestos daños emocionales en el repetidor,

ignorando y cito textualmente, “los perjuicios a los que se condena de por vida a aquellos que

finalizan su enseñanza obligatoria con dificultades severas a la hora de comprender un texto

mínimamente complejo”. A ellos y a la sociedad, añado.

La educación necesita creer y confiar en ella misma por encima de planteamientos que la disfrazan y

distorsionan en busca de meros engaños al alumno, al profesor y a la sociedad. Y con ello solo se

consigue un peligroso status de ciudadano muy tecnológico dado a la virtualidad, pero carente de

base que le hagan crecer realmente como persona con capacidades críticas sin posibilidad de caer en

burdas manipulaciones que, con poco escarbar, podemos encontrar en las propuestas deslumbrantes

que no necesitan estudio, ni esfuerzo, ni nada que se le parezca. La vida real que está más allá del

sistema educativo no es ese entramado de postulados psicopedagógicos de vanguardia que se han

apropiado de la educación.


Puvlicado en DIARIO JAÉN el 19 de octubre de 2024

viernes, 11 de octubre de 2024

Páginas vs. pantallas

 


Mi columna de Opinión en 


DIARIO JAÉN. Viernes 11 de octubre. 2024. ¡¡ Siempre con la lectura!!

Páginas vs. Pantallas.

Pedro A. López Yera

Sí, lo sabíamos. Tantos años de compartir aula con chicos y chicas nos ha permitido a los docentes, como en otros aspectos a las familias, desarrollar un especial sentido respecto a la lectura.

En estos momentos en los que la inmediatez del mensaje, de la noticia, de las redes predispuestas a olvidar medio segundo después lo que se ha leído, satisface encontrar estudios que aclaran que “los alumnos y alumnas que “consumen” libros, obras, de más de cien páginas llevan mucha ventaja en cuando a comprensión lectora”. En esta sociedad actual es necesario recordarlo.

Esa ventaja a la que aludíamos antes llega a ser equivalente a todo un curso académico. Si se manejan, leen, textos complejos se comprenden mejor los textos lineales. Y, no solo eso, se adquieren claves con las que extraer de forma más adecuada, válida y exitosa informaciones para las que se necesite combinar fuentes múltiples, incluso contradictorias. Pensemos en la dificultad de enfrentarse a cualquier dato relevante extraído de internet. La discrepancia entre lo buscado será directamente proporcional al número de fuentes consultadas. Y he ahí la necesidad de esa “Lectura” que abrirá las claves del propio conocimiento y, por tanto, de la construcción de un ciudadano crítico, conciliador y escudriñador entre realidades, hechos, y opiniones siempre interesadas.

¿Podemos conseguir los docentes en solitario despertar o, al menos, impulsar y favorecer ese afán lector? Obviamente, no. Las evidencias implican a las familias y al ambiente en que cada chaval de desarrolla. Hay estudios que indican que más del 20% de las habilidades lectoras y, por tanto, del “disfrute” lector provienen de factores medioambientales que engloban a su círculo familiar. Nunca nos cansaremos de proclamar a los cuatro vientos que ver leer a un padre, a una madre, a un hermano mayor, es, junto con el disponer en el hogar de un cierto número de libros o, en su defecto, promover el acceso a bibliotecas cercanas, es una de las mayores y mejores acciones con que “educar” a ese niño o niña que, tal vez, navega con más intensidad por pantallas que por páginas.

Leer no puede ser efecto de la obligación escolar, al menos no en toda su extensión. Sobre esa sugerencia lectora del aula ha de sobrevolar el propio interés y no solo en obras, digamos, literarias. Novelas, cuentos, libros divulgativos adecuados a la edad y, por supuesto, comics son escalones que, poco a poco, harán subir la propia personalidad y formar niveles de superación que influirán después, incluso, en la vida profesional.

Si los niños son pequeños hay una actividad ideal que nos acompaña desde el inicio de los tiempos: leerles en voz alta, dramatizar en pequeña escala lo que les estamos contando, hacerles participar con preguntas sobre tal o cual personaje si ya tienen suficiente edad, jugar después a pensar qué podría haber pasado si cambiara un detalle del cuento, etc. Y ahí son los padres y madres, las familias, quienes tienen que tomar conciencia de ser los capitanes del barco lector en el que navegarán sus niños posteriormente.

Hay más protagonistas que pueden formar parte de la historia: abuelos, primos, hermanos, amigos, todos pueden ir remando hacia el hábito lector y hacer paradas en la propia biblioteca de casa, en la del colegio, en la municipal y también en las librerías. Cuando el niño nos acompaña y nos ve ojear y hojear libros, aspirar ese aroma que desprende el papel, observar portadas, lomos, colores, anuncios de nuevas ediciones, sentirá que ese mundo al que sus padres pertenecen es también el suyo. No será necesario que leer se convierta en una tarea escolar gravosa, obligada y dura. Al contrario, fluirá lenta pero incansablemente su espíritu lector. Podemos, incluso, dejar que ellos elijan sus propios libros al principio, indicándoles muy suavemente alguna pista que no les obligue, sino que les haga decidir por sí mismos. Llegarán, sin duda, a su propio criterio lector personal. Leer es un excelente pasaporte hacia el futuro.

martes, 21 de marzo de 2017

Aquellos maestros...


Buscando por los vericuetos de las hemerotecas encuentro este añejo artículo de 1966, con más de cincuenta añitos a la espalda, firmado por Jaime Capmany en ESCUELA ESPAÑOLA. No me resisto a compartirlo por cuando mucho de lo allí mencionado podría aplicarlo a mi primera maestra, doña Purificación, y a mi profesor universitario don Alfonso Sancho. Si las letras -ajadas por el tiempo- os lo permiten, os recomiendo su lectura.